UN ADULTO RESPONSABLE
“Corre, corre, corre por el boulevard,
corre, corre, corre sin mirar atrás…”
Corre corre – Flans
No amanece todavía, tengo sueño, nervios y ganas de ir al baño, lo último se soluciona rápido y es entonces que, ya medio despabilado, recuerdo la locura que estoy a punto de hacer. Pero no hay tiempo de pensar en nada más, me cambio, tomo mis cosas y bajo, porque me dijeron que el Uber ya me esperaba.
Ese Rodrigo es un héroe, sin duda, no solo investigó todo lo que me hacía falta saber, también me dio muchos consejos, posada en su casa y se despertó para desearme lo mejor desde la ventana de su balcón.
El conductor me preguntó lo que era ya predecible: —¿Va al maratón, joven?—, soltó. —Sí—, respondí. Entonces comenzamos a platicar sobre las calles cerradas, los metros que iban a funcionar y si iba preparado o no. Pregunta capciosa. Meses de correr se vieron opacados porque venía de fiesta el viernes y de una desvelada hecha y derecha el sábado. Pero simplemente respondí afirmativamente y él desvió la charla para otro lado; antes de lo que creí, llegamos al metro Hidalgo.
Ahí fue cuando comenzó lo bueno… Primero éramos 50, pronto 100, después dejé de contar, rara vez tantos ciudadanos se dirigen al mismo lugar y por eso es que el ambiente festivo se sentía hasta el último vagón. Y cuando llegamos al destino, el grito sonó feroz. Yo he estado en conciertos y estadios, pero nunca he escuchado nada igual al unísono, simplemente fantástico.
Por calentamiento tuvimos una caminata por las calles que rodean C.U. y cuando llegamos, los primeros letreros nos estaban esperando, estos, por ser de los organizadores, eran muy amables, nos recordaban lo bueno que es correr, que el objetivo estaba cerca, que el primer paso es difícil pero que ya éramos campeones por ir, etcétera. Ya vendrían los más sarcásticos, los más rudos, los que “te dolía” leer.
Yo, el que llegó tarde hasta a su nacimiento, estaba ahí con media hora de anticipación, y lo aproveché: una estiradita por aquí, un “copiarle los movimientos precompetitivos” al compañero por acá y una ida al baño para eliminar los nervios, fueron suficientes para gastar los minutos sobrantes antes de que mi bloque saliera.
Y es que, a pesar de que uno ve cada cosa en este tipo de eventos, esta vez sin duda fue completamente sui géneris: los que protestaban en contra de la Reforma Judicial dejaron de lado un rato sus carteles y comenzaron con los aplausos y las porras. Por lo demás, todo igual a los años anteriores: un sacerdote, la botarga del Dr. Simi y los voluntarios fueron los primeros en darnos la bienvenida rumbo a la aventura.
Para el kilómetro 10 los letreros amables se acabaron, ahora se podían leer los amenazantes: “Tú pagaste por esto, ahora lo terminas” y “Estabas chingue y chingue en venir, ahora corre”, entre otros, que por respeto a ustedes, queridos lectores, no voy a escribir.
En fin, después de superar el kilómetro 15, llegó el momento de los tramposos, de esas personas que sin escrúpulos se meten en un tramo del camino para después presumir sus medallas en redes.
Y tras superar el medio maratón, las piernas comienzan a flaquear, te respondes dudas sobre cómo es posible que haya corredores de élite, el por qué la gente te da dulces y refrescos y, sobre todo, por qué hay tanta gente que presume este logro.
De ahí en adelante dejas de correr con tanto ahínco y el esfuerzo es sumamente mental, porque por más preparado que estés, te cansas (ahora que lo escribo, suena muy lógico).
La voluntad es la única que te permite seguir, en espera de terminarlo, de poder llamarte maratonista y de seguir creyendo que puedes romper tus límites una y otra vez.
Nota: El maratón es como la vida, piensas que el trayecto es muy largo, hasta que comienzas a correr.