PEDAZOS DE VIDA
Siempre quiso trabajar en un circo. Le daban pena los animales, jamás hubiera querido ser domador, imaginaba que trabajaba en un circo y que en la noche liberaba a los animales; no se mostraba como un payaso, detestaba la risa fácil; él quería formar parte de un circo, volar por los aires, desafiar la gravedad, y hacer que el corazón sonara al ritmo de los aplausos. Le gustaba la idea del riesgo, del acto inútil que asombra a muchos y permanece por algún tiempo en la memoria del espectador.
De niño se escapaba para ver el circo cuando llegaba al baldío del barrio, una vez fue a pedir trabajo, pero por la forma y su vestimenta se dieron cuenta de que era todo menos un chamaco necesitado al que se le está muriendo la madre. Así era entregado a sus padres, con las manos sucias de polvo y con los ojos que se habían quedado sin brillo por la negativa para no ser contratado.
En casa repetía, con torpeza, los movimientos del trapecista, giraba sobre sí mismo hasta marearse. Su familia jamás comprendería la pasión que lo consumía por dentro, “eso no es un trabajo”, le decían. “Eso no es vida”, así fue como comenzó a enterrar la idea de ser un trapecista, o quizá un motociclista de esos que se metían a la jaula y hacían números a toda velocidad sin chocar.
Creció y los circos se instalaron varias veces en el lugar, después el terreno baldío se convirtió en un estacionamiento y jamás volvió a ponerse uno ahí. Él consiguió sentarse detrás de un escritorio gris, convertido en un hombre correcto, puntual, invisible. Engordó como engordan los que dejan de moverse por dentro, como aquellos a los que se les ha acabado el sueño, como aquellos a los que la ansiedad les provoca un incremento de pecho.
A veces, mientras sellaba documentos, pensaba en la jaula esférica de acero, esa esfera imposible, recordaba el estruendo del motor, el olor a gasolina, el vértigo absoluto. Le hubiera gustado morir ahí dentro, no por tristeza, sino por exceso: estrellado contra el metal, una muerte ocasionada por un error luminoso, a veces pensaba en eso, no como un sueño sino como la añoranza de una muerte diferente. Quizá caer desde el trapecio, sin que el cuerpo pudiera elegir el lugar en el piso donde el cráneo quedaría convertido en pedazos después de una pirueta perfecta. Morir así: volando hasta el final.
Una noche, ya viejo para los sueños pero no para el cansancio, el circo volvió a la ciudad. Esta vez a las afueras, en un terreno improvisado, junto a la carretera. Compró un boleto barato. Se sentó lejos, como siempre se había sentado en la vida. Observaba los números con una mezcla de ternura y rencor, cuando de pronto algo sucedió, el show de los trapecistas sería suspendido, el artista principal se había lesionado al salir y no podría poner en riesgo la vida de los demás.
El director, con desesperación convertida en sudor, miró al público buscando tiempo, inhalando el silencio de la gente, buscando un cuerpo. Él se puso de pie, dijo que podía hacerlo, que necesitaba un traje, que había trabajado en el circo, se puso el que le dieron que le marcaba el cuerpo y que le hacía sentir que todos miraban su sexo, subió a lo más alto del interior de la carpa, sus “nuevos” compañeros estaban allá, su primer salto fue impecable, el segundo sorprendió a todos, luego la luz intensa lo cegó, vino la caída libre y la imagen de un burócrata que muere por un infarto se materializó en la realidad, esto fue lo que todos supieron. Él sólo se fue con la creencia de haber volado alto, se fue con los sentidos llenos de un viento que nunca llegó.



