PEDAZOS DE VIDA
Sin rumbo era su caminar, o al menos eso era lo que parecía. La barba lo hacía ver como un faquir de esos que salían en las revistas semanales de los años 80. El abrigo raído incluso en días de calor, le cambiaba el aspecto al de un vagabundo, con zapatos tan gastados, que hasta mostraban la forma exacta de sus pies. Nadie supo de dónde venía ni hacia dónde iba. Aparecía una mañana en una esquina, al anochecer cruzaba una plaza y al día siguiente ya no estaba. La gente lo señalaba con curiosidad, con unos de esos gestos que mezclan desconfianza y lástima.
—¿Quién será? —preguntaban.
Nunca hubo una respuesta.
Algunos se compadecían. Una vez una mujer le extendió una bolsa con pan y fruta; él la aceptó con una leve inclinación de cabeza, como si agradeciera algo que ya esperaba. Nunca pedía nada, sin embargo, alimento no le faltó. Algo que es universal en el mundo es la misericordia y él pudo comprobarlo cada día.
Un hombre le regaló una chamarra; al día siguiente la llevaba puesta, una semana después caminaba sin ella bajo la lluvia. Otro hombre le ofreció unos tenis casi nuevos. El vagabundo los miró largo rato, sonrió con tristeza y siguió descalzo…
El hombre de la barba nunca regresó al mismo sitio y nunca pasó más de una noche en algún poblado. Jamás repitió una ruta. Cuando alguien creía haberlo reconocido en otra colonia, en otro pueblo, en otra ciudad, algo no cuadraba, el tiempo parecía no tener ningún efecto en su humanidad, en su persona ni en su caminar ni en sus pies.
Hubo hombres que intentaron seguirlo, pero bastaba un instante de distracción para perderlo entre la multitud, como si se disolviera en el aire.
Un anciano, sentado frente a su casa, intentó hacer plática con él, sin embargo, de todas las preguntas solo una fue respondida:
—¿Por qué no se queda?
El hombre lo miró con sus hondos ojos, imposibles de calcular.
—Porque no sé hacerlo —respondió.
Una noche, el vagabundo cruzó un puente largo y silencioso. Un joven, insomne y cansado de su propia vida, lo vio pasar y sintió el impulso de detenerlo.
—Oiga —le dijo—, ¿a dónde va?
El hombre se detuvo por primera vez. Lo miró con atención, como si lo reconociera.
—A donde tú ya no podrás ir —contestó.
A la mañana siguiente, el puente amaneció vacío. No había rastro del vagabundo. Tampoco del joven.
Días después, la ciudad despertó con una noticia: el muchacho había sido hallado sin vida en su departamento. El reloj de la pared estaba detenido exactamente a las 03:17. Nadie pudo explicar por qué.
Desde entonces, algunos aseguran haber vuelto a ver al hombre caminando, siempre hacia adelante, con el mismo abrigo roto y la misma expresión cansada. Otros dicen que ya no aparece tan seguido.
Pero dicen aquellos que se atreven a hablar que cada vez que alguien muere, es porque lo han visto pasar cerca… y todos los relojes alrededor se atrasan un segundo.



