El final de la razón ilustrada: ¿barbarie o esperanza?

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TIEMPO ESENCIAL 

La humanidad experimenta cambios profundos que ponen en crisis a  instituciones y valores hasta ahora fundamentales, cuestionando las categorías filosóficas, políticas y jurídicas que han permitido entendernos bajo ciertos principios racionales.

La crisis se centra en ese espacio que se conoce como “Occidente” diseminado en varias partes del mundo. Pero no solo son territorios, sino identidades culturales e históricas donde convergen los principales centros del poder mundial. 

Hoy, Occidente se encuentra en crisis y pone al mundo entero en estado de alerta, porque no es capaz de reconocer que su dominio está por concluir, pues ha dejado de contar con la legitimidad y los recursos suficientes para mantener su autoridad sobre el resto de la humanidad.

Una constante de su dominio, es  la forma en que  Occidente recurre al uso de la violencia simbólica para imponerse al resto del mundo  destruyendo o devaluando conocimientos y  valores que le resultan  incómodos a su propia interpretación de la realidad.  

La cultura occidental sostuvo la superioridad de su filosofía y su ciencia,  considerándolas como la versión más acabada y completa del conocimiento humano, legitimada con los avances tecnológicos del capitalismo y el progreso social.  

Nuestro continente fue uno de los primeros espacios culturales donde el imperialismo occidental decidió, deliberadamente, borrar las culturas originarias, aunque nunca pudo lograrlo totalmente. 

Sirvió a su sobrevivencia la capacidad  de resistencia  de sus pueblos, así como  la sensibilidad con la que algunos humanistas de la metrópoli española, como Bartolomé de las Casas y Francisco Suárez, defendieron la dignidad  humana de  los pueblos conquistados.

Más tarde, la Ilustración europea puso los cimientos de la modernidad. Los derechos del hombre se convirtieron en la divisa de la nueva época, orientada a lograr la felicidad de los pueblos mediante el uso de la razón. Su producto principal fue el sistema democrático burgués, al que se ordenaron la mayoría de  los estados nacionales de todo el planeta. 

Pero junto a éstos cambios, surgieron nuevas  formas de colonialismo  cada vez más complejas y violentas. Nacen los imperios modernos y sus colonias, y con ellos, las grandes confrontaciones bélicas por el control de los recursos y mercados mundiales. 

El liberalismo terminó por abandonar los ideales de la Ilustración ante el ascenso del pensamiento pragmático estratégico del mercado global, y el abandono de los principios filosófico-políticos de la modernidad ilustrada. 

El modelo ilustrado de la modernidad está derrumbándose ante nuestros ojos, con la desaparición del derecho internacional, el genocidio sistematizado sobre pueblos como Palestina  e Irán, y la intervención abierta de Trump en las elecciones de América Latina. 

El nuevo hegemónico ya no es ni ilustrado ni democrático, ni pretende convencer con razones a sus adversarios. El gobierno norteamericano,  utiliza toda su fuerza armada y su desarrollo tecnológico, intentando mantener su imperio sin guardar las formas al resto del planeta a sus intereses.  

Desde Silicon Valley y otros centros de desarrollo tecnológico,  los científicos del nuevo paradigma post-liberal y antihumanista desarrollan instrumentos de control social, mientras sus intelectuales predican la inutilidad de los estados democráticos, exigiendo su sustitución por consejos empresariales que  administren las instituciones públicas desde una perspectiva empresarial, con o sin el permiso de los ciudadanos.   

En ese marco de referencia, la filosofía  occidental experimenta  el efecto  de tales discursos sustentados con argumentos falaces, cuyos emisores no intentan siquiera convencer mediante  argumentaciones racionales, sino apelando a  proyectos de control  esgrimidos por sus ideólogos como  irrebatibles e inevitables.  

Lo problemático del caso es que Occidente ha dejado de creer en  los valores de la Ilustración desde hace tiempo, en aras de un pragmatismo que imposibilita reorientar a sus sociedades hacia nuevas formas de convivencia universalmente responsables y respetables.  

Los nuevos filósofos se inclinan ante la lógica del poder tecnocrático,  que ha construido una versión de superhombre con la inteligencia artificial, basada en el más crudo pragmatismo y  antihumanismo. 

Sin embargo, no estamos tan desvalidos como se piensa, ni tenemos porqué seguir el juego a los delirios con los que, tras el fracaso del liberalismo del mercado, la oligarquía mundial  intenta mantener su poderío.

En su confrontación histórica con los colonialismos y los intervencionismos, Latinoamérica ha construido a partir de su conquista,  sus propios caminos filosóficos resistiéndose a las sinrazones  del colonialismo cultural. 

El pensamiento filosófico de las culturas  originarias, es una de las fortalezas que poseemos. La otra es el humanismo, que abrió nuestro camino al diálogo filosófico universal. Nuestro devenir histórico ha resultado en una perspectiva filosófica compartida, pero  distinta a  las tradiciones de pensamiento occidental tanto “continental” como “anglosajón”  y su pretensión  monopólica de la verdad. 

Hay que volver a nuestras raíces filosóficas, fortaleciéndolas  sin descuidar las otras en lo que valen, para comprender este momento histórico y obrar en consecuencia, a fin de no  caer en las trampas de las pretensiones totalitarias del  poder mundial que nos amenaza con  sus  sinrazones. Y así como el pensamiento occidental marcó el rumbo en el pasado, el mundo puede marcar a occidente el rumbo de otro futuro posible. 

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