PIDO LA PALABRA
Indignación, frustración y tristeza son sentimientos que surgen al observar la impunidad que permea en nuestro país, donde la búsqueda de la verdad se diluye entre intereses políticos y estrategias de encubrimiento. Mientras tanto, en este mismo escenario, los caminos hacia el “éxito” parecen estar contaminados por la conveniencia y la falta de integridad, generando una sociedad que, en su mayoría, ve la movilidad social como un juego de azar y no como el resultado del esfuerzo genuino.
La política, lejos de ser un instrumento de cambio y mejora, se ha convertido en una arena donde la lealtad partidista prima sobre la ética y la justicia. Cada bando protege a los suyos y ataca a los contrarios sólo cuando el beneficio es innegable.
En este juego de simulaciones, se perpetúa una cultura de impunidad donde los infractores son protegidos por su propio círculo y atacados sólo cuando resulta conveniente para los intereses de otros. Es así como se alimenta un ciclo interminable de simulación, donde la política se transforma en un trampolín para aquellos que buscan un ascenso rápido, sin importar los medios empleados.
En este contexto, surgen diversas rutas para alcanzar el éxito en nuestro país. La primera es la de los contactos y el amiguismo, donde el ascenso depende de la cercanía con alguien en el poder. Sin embargo, este éxito es efímero, pues cuando el amigo cae, arrastra consigo a todos los que dependían de él.
La segunda vía es la política misma, donde la imagen de sacrificio y compromiso con el pueblo se convierte en una estrategia de marketing. No obstante, esta opción es volátil, pues la política es una rueda que eleva a algunos momentáneamente, pero los deja caer sin piedad cuando su utilidad se extingue.
Existe también la vía del oportunismo, donde el lema de “el que no tranza no avanza”, guía a aquellos que buscan explotar el sistema para su beneficio personal. Son estos personajes quienes, con cinismo, se apropian de recursos públicos, simulan logros y presumen méritos que no les pertenecen. Funcionarios que, se dice, utilizan dinero etiquetado para obras sociales como si fuera propio, mediocres que se lucen en inauguraciones sin haber aportado nada. Sin embargo, esta vía tiene un límite: llegará el día en que la sociedad despierte y exija rendición de cuentas.
Frente a estas opciones inestables, existe un cuarto camino, uno que requiere esfuerzo y dedicación: el conocimiento. Estudiar no para aparentar, sino para ser, para contribuir al desarrollo del país con bases firmes. Esta es la alternativa que muchos descartan por exigir un compromiso real, pero que representa el único sendero verdaderamente sólido hacia el éxito y la transformación social. Es la vía de aquellos que buscan el cambio desde la preparación y la ética, la generación que necesita México para romper con las cadenas de corrupción y simulación.
Es momento de apostar por un país donde el esfuerzo genuino sea el pilar del progreso y donde la política deje de ser un refugio de impunidad para convertirse en un verdadero motor de cambio. Solo así podremos construir un México reflexivo, donde el éxito no sea un privilegio de unos cuantos, sino el resultado del mérito y la honestidad.
Las palabras se las lleva el viento, pero mi pensamiento escrito está.