PEDAZOS DE VIDA
¿Por qué vienes a preguntarme lo que dentro de ti ya sabes? No buscas más que una respuesta equivocada para justificar el error que estás por cometer. Aurora descubrió la verdad, pero no la que ya sabía, ni tampoco la que creía poseer, descubrió una nueva verdad a la que no pudo hacer frente.
La gran familia a la que se adhirió le dio “todo” a cambio de nada. Al inicio fue una reunión en la que se hablaba de la injusticia, del amor al prójimo, de la necesidad de justicia en el mundo y el papel que jugaba en todo esto un Dios diferente, pero que no es tan ajeno al que decía conocer.
Después fueron donativos, trabajos para apoyar, rifas, dinero y más dinero, pero a cambio de continuar la lucha por un bien común que estaba segura que podría compartir con su familia, la de su esposo y las futuras generaciones en las que se verían integrados sus nietos y los hijos de sus nietos.
Ellos, la comunidad, estuvieron ahí cuando no tenía nada. Ella, por su parte, intentó salvar a muchas personas.
Quienes rechazaron su propuesta de compartir una vida nueva poco a poco se convirtieron en ajenos, en personas “carentes de hambre de triunfo” en aquellos ciegos que no pueden ver las bondades de la gloria, del privilegio al que muy pocos podrían tener acceso.
No cualquiera podría ser de los seleccionados, ya que eran personas especiales, que habían sufrido en la vida al no encontrar el sentido real de su sufrimiento, que no habían sabido cómo transformar ese sacrificio en sumas para el bienestar, para salvar el alma y mantener el cuerpo.
Sí, en su casa la tomaron de loca, siempre buscaba sacar al tema su hermandad, su congregación, el grupo, el Taller, el círculo de estudio, no importaba el nombre con tal de convencer a la gente de acudir, de acompañarla en su devoción que tenía por fin último, alcanzar aquella vida maravillosa como la que tenían los lúcidos o conscientes, personas que así se hacían llamar dentro del espacio que servía como templo y como refugio de la “familia”.
Estuvieron con ella cuando descubrió que su hijo mayor consumía drogas, durante meses, a pesar de haber conseguido la respuesta no pudo hacer nada, no hubo forma posible para entablar conversación con el adolescente. Ni siquiera logró acercarlo al Taller. También la acompañaron cuando se enteró de que Nasón había muerto por una intoxicación etílica aguda, acudieron al velorio, la abrazaron y rezaron por ella y por su hijo.
Creyó que en esa necesidad la apoyarían con dinero, pero como había dicho el “Hermano Supremo”, “qué es el dinero para un difunto, cuando lo que necesita es que se pida por su alma”. A pesar de sus creencias, la familia optó por un velatorio tradicional, por un sepelio decente en el que todos aportaron una parte.
Al final, los hermanos del Taller se molestaron por la opulencia hacia un humano que se negó a atender las palabras de su madre. Al final, la muerte del muchacho había sido la señal que la madre había pedido para saber que cuando no se hace “lo correcto” no hay quién pueda salvarte de un destino trágico y sin luz.
Sin embargo, cuando ella comenzó a sentir la culpa, le dijeron que su hijo había cumplido la misión de no permitirle que dejara al grupo cuando más dudó en seguir, que fue el sacrificio de su hijo el que ocasionó que ella se quedara con ellos y que no perdiera la luz que guía a “los conscientes”, aquellos que han dejado de tener un velo y que están “muy por encima de los demás”, aunque no se tenía que perder la humildad para no perder el ánimo de querer compartir con los demás el llamado sagrado de la “Eterna Verdad”.
El templo, estancia o “comedor”, como le llamaban, daba la bienvenida con un pequeño jardín que mantenían en buen estado “los despiertos”, aquellos que como Aurora, tenían que realizar diversas labores para mantener limpio todo el lugar, las ventanas, los techos, las cortinas que se cambiaban una vez a la semana, así como los velos que caían en forma triangular desde el púlpito, sin mencionar el complicado trabajo de quitar la cera de las velas que caía en la alfombra del salón supremo, donde el Hermano Supremo realizaba los trabajos de conexión con los entes que sólo él, por ser el elegido, escuchaba y veía una vez al mes, a menos que hubiera un tema de gran relevancia.
Una ocasión, derivado de una denuncia de un “traidor” expulsado del Taller, la policía intentó ingresar al recinto y los entes supremos aconsejaron, a través del Hermano Supremo, que todos los seleccionados tenían que “resistirse”. Así sucedió hasta que uno de ellos cayó sofocado entre los empujones y murió de un paro cardiaco, de esta manera, surgió un mártir y se detuvo, al menos por un tiempo, la persecución que, según el líder, existía en su contra.
Poco a poco, se consolidó el distanciamiento con su familia: “ellos no eran dignos para la vida que estaba por venir”. Y ella cada vez estaba más cerca de alcanzar el reino prometido. Las purificaciones se hicieron constantes. Si los hermanos le gritaban, era por su bien. Si el Hermano Supremo ordenaba algo, era para que pudiera limpiar sus pecados, sus malas acciones.
Aurora descubrió la verdad, pero no la que ya sabía, ni tampoco la que creía poseer. Descubrió una nueva verdad a la que no pudo sobrevivir. Al acercarse a la luz, Aurora se quedó a oscuras, como una polilla que muere tras tocar la lámpara incandescente.




