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EL DEBATE

Prisciliano Gutiérrez
7 Min de Lectura

Familia política

“Según los opinadores profesionales, se puede

  ganar el debate y perder la elección, o ganar la 

elección, aunque se haya perdido el debate. 

Lo importante es preservar a México unido”.

Varios millones de personas en México y seguramente en otras partes del mundo, estuvimos pendientes de lo que suponíamos una discusión histórica entre los tres candidatos a la Presidencia de la República (dos mujeres y un hombre). Aunque el término debate me parece demasiado rimbombante para el acartonado evento, que dio preferencia a la normatividad sobre el contenido y la libre expresión de las ideas. Con los tiempos tan cortos, además distribuidos en píldoras restrictivas, fue poco lo que en realidad pudo aprehender el público por los diferentes medios. 

Ante lo efímero, un colectivo sujeto receptor no especializado, difícilmente puede formarse una idea apegada a la realidad. Entre individuos pertenecientes a un mismo sector y a un mismo foco de interés, sin influencias externas, seguramente la misma pregunta tendría respuestas diferentes y aún excluyentes: ¿Quién ganó el debate? Todos y ninguno; en este sentido, mucho cuenta la influencia de las diferentes encuestas que en forma aparentemente oficiosa e imparcial, realizan los medios de comunicación (según mi ex gurú, Don Octavio Soto Martínez: Encuesta es un instrumento de paga, que pega, que induce y conduce); los criterios de esas casas especializadas se dan en el sentido de que, mientras más inverosímiles sean los datos supuestamente imparciales, dirigidos al gran público, se puede estar a favor o en contra, para bien o para mal, pero es casi imposible ignorarlos.

Así, en la mayor parte de los órganos periodísticos que publican sus opiniones numéricas, la candidata del Estado lleva una ventaja inconmensurable e irreversible, en relación con quien ocupa el segundo lugar; estos resultados se valoran como dogmas de fe, por aquellos que reciben jugosos emolumentos por erigirse en propagandistas. Siguen la teoría del jefe de difusión del Tercer Reich, en la Alemania Nazi, Joseph Goebbels, quien afirmaba que cuando una mentira se repite mil veces, se convierte en verdad.

En este esquema se nutre la “cargada”: gente que esperó mucho tiempo para subirse al carro del gobierno (o se encaramó en otro) y hoy ve una nueva posibilidad. De manera oportunista reniega de sus orígenes (donde hay reminiscencias tricolores, azules o amarillas) para dar el salto purificador que le permitirá formar parte de las inmaculadas filas del nuevo partido en el poder o, por lo menos, de sus satélites. Desde luego, aunque de corta historia, “los fundadores” exigen derechos de antigüedad y pisan los dedos de aquellos que quieren subirse a su pedestal, sin más méritos que su audacia y su falta de escrúpulos “Más, si osare un extraño enemigo…”

Para los sectores de gente pensante, no existen dogmas de fe en materia política; ni creen que Sheinbaum sea la encarnación de todas las virtudes, ni Xóchitl, la personificación de todos los antivalores.

Una de las principales diferencias, es que la primera tiene tras de sí a todas las estructuras del poder (histórico, político, económico, electoral…) herencia de su Mesías tropical; y la segunda, es recipiendaria potencial de todas las injurias, calumnias, denuestos… que sus detractores quieren endilgarle por su origen humilde y por la imposibilidad de encontrarle pecados de corrupción o incongruencia. Se llega, inclusive, a la aberración de calificarla como “candidata de la derecha”.

Los amantes de las estadísticas buscan en las diferentes disciplinas que manejan esas técnicas, variantes que resten credibilidad a los exagerados “fundamentos matemáticos” para pronosticar un aplastante triunfo del proyecto oficial; desde luego, casi siempre “quien busca, encuentra”, inclusive bases para las conclusiones más inverosímiles que desmentirá la realidad, más aún cuando esa búsqueda se realiza con instrumentos metodológicos, resulta que en los cuestionarios para medir la intención del voto; en aquellos estratos que no son beneficiarios de programas sociales, la distancia entre Sheinbaum y Xóchitl, se reduce hasta conseguir un empate técnico. 

Hay quienes consideran que el verdadero triunfador del debate fue Máynez (muchacho grosero, que antes del debate apenas superaba los tres puntos de preferencia y después, casi los duplica). Su inmadurez política lo hace buscar en las ofensas para sus contrincantes, el sustento de su popularidad, más allá del “fosfo fosfo”.

La desinformación juega también un papel importante en cuanto a intención del voto se refiere. Entre los miembros de la tercera edad y también tomando en cuenta el estrato social, académico y económico al cual pertenezcan, el temor, el miedo a perder el dinero con el cual, a título personal, el dueño del poder engrasa los mecanismos para producir votos. Ese sector vive temeroso de que le quiten sus apoyos. Es difícil llegar a ellos y más difícil hacerlos comprender que eso no es factible. Prefieren permanecer en la dogmática adoración de su ídolo.

En el ambiente público se respira que la gente ya no quiere más de lo mismo, pero que no se atreve a decirlo; se percibe el olor del miedo. Sin embargo, la confianza en el pueblo nos hace ver el futuro con un cristal optimista. El evidente fracaso de este gobierno, nos hace reflexionar en que ya no resistiremos una segunda dosis de mentiras a la alta escuela. Sin embargo, nada está escrito.

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