PEDAZOS DE VIDA
La marca del rayo quedó temporalmente tatuada en su pecho. El cuerpo miraba el hueco por donde entró el gran rayo convertido en una serpiente de fuego azul. Unos minutos antes el cielo se llenó de nubes, después comenzó a llover, y el trueno hizo temblar a toda la comunidad.
Desde lejos, los pobladores vieron el fuego y el humo que salió de la choza. Algunos, bajo la tormenta, corrieron para ver la choza de Belencita. No hubo forma de que volviera a respirar, su cuerpo menudito estaba en el suelo, sus ojos quedaron abiertos, cubiertos de una neblina blanca como si hubiera envejecido a través de los años.
Fueron dieciocho años de sequía, nunca antes se había visto algo así. La mitad del pueblo se fue, dejaron las chozas y se fueron a otros lados. No se fueron juntos, cada vecino agarró su rumbo y en los otros pueblos se habló de la gran desgracia ocurrida en este pueblo. Se contaron muchas historias, pero Belencita era la única que conocía la verdad.
Antes de que doña Concha muriera, le confesó a Belén que no era su nieta, que había sido abandonada en la iglesia del pueblo del que huyó doña Concha tras ser acusada de bruja. Le dijo que tuviera cuidado con el agua y que había en ella un poder que no tenía que revelar a nadie. Y también le dijo que no tendría suerte con los hombres, que ella no había nacido para tener familia.
Aquella tarde, Belencita se alistó para ir al baile. Hace tiempo que quería salir con Juvencio, pero los ventarrones y las nubes negras amenazaron con suspender el festejo al santo patrono que rodeado de flores esperaba para comenzar su procesión, su misa y también el baile en su honor. Entonces miró al cielo y con el machete de la abuela marcó una cruz apuntando al cielo y lo clavó en la tierra.
Eso bastó para que las nubes se tiñeran de rojo por el reflejo de los rayos del ocaso, y después se asomaran las estrellas como sucede con el paisaje después de correr una cortina hecha de nubes. Con su rebozo puesto y su falda nueva bajó al pueblo, caminó junto al santo y se encontró con Juvencio. Aceptó bailar con él, y para evitar habladurías, el escuálido muchacho aprovechó la cercanía en el baile para pedirle que salieran discretamente del contingente.
Belén nunca había visto estrellas más brillantes en el cielo, al llegar a su casa, se tumbó en la cama por el cansancio. Apenas pudo probar el pan y el café que había dado el mayordomo, la emoción del baile le había llenado el estómago y lo sucedido con Juvencio le había llenado el alma.
Fue con ese hombre que Belén conoció la tristeza del corazón y fue por la noche que pasó a su lado que comenzó la desgracia de todo el pueblo. Un ritual malhecho resultó contraproducente, y con el corazón roto era difícil que la muchacha pudiera revertir el daño.
El pueblo recordó siempre cuando el cielo se abrió en plena fiesta del santo, después las nubes se negaron a vaciarse ahí. De vez en cuando las veían pasar, sólo eso, ninguna se atrevía a caer. El cielo tenía lágrimas, pero en ese pueblo no quería llorar. Cada año Belén hacía lo mismo, buscaba llegar al corazón del cielo, intentaba resarcir el daño, pero acabada la fiesta, la sequía continuaba y la gente perdía aún más la fe.
Nunca supieron que fue ella quien alejó la lluvia, con la advertencia de los hombres le había fallado a la abuela, pero con no revelar su secreto, jamás. Juvencio, Faustino, Gabriel, todos hicieron lo mismo, y se fueron con el tiempo, con la mitad del pueblo que se cansó de esperar la lluvia y recorrer grandes distancias por agua. El pozo apenas alcanzaba para el consumo humano, la rutina de irse a bañar al río era una pérdida de tiempo por las horas que se tenía que caminar y al regreso el sudor ya había ensuciado el cuerpo, por lo que se había limitado a una vez a la semana.
Aquella tarde Belencita escuchó el susurro del aire. El polvo comenzó a recorrer el pueblo empujado por un río invisible de viento, la gente que se alistaba para la procesión prendió las velas de la iglesia y se persignaron intuyendo la tormenta, entonces comenzó a llover, después de dieciocho años el cielo comenzó a desplomarse convertido en agua. Ahí fue cuando el rayo cayó en la choza de Belencita, algunos hombres acudieron al rescate, pero fue inútil. Después cayó el granizo… Y en la noche, no hubo baile.


