Una fábula hecha para Cuauhtémoc Ochoa
y Adán Augusto… y todos los que quieran agregar
Hay personajes que no pueden huir a su naturaleza. Así son y es un imposible pedir que cambien su forma de ser.
El intercambio de mensajes entre el siempre bien afamado senador, Adán Augusto, y su par de Hidalgo, Cuauhtémoc Ochoa, deja en claro quiénes son y, la verdad, nadie se siente sorprendido de su estilo personal de hacer política.
Les dejamos una fábula que describe no solo a estos personajes, sino a toda esa fauna que pulula en los ejercicios politiqueros del país. No hay que agregar más a la historia:
“Érase una vez una rana que vivía en un apacible estanque, entre pequeñas libélulas y mariposas.
“Un día que la rana se encontraba nadando en el estanque, sin preocuparse de nada más que de divertirse, de pronto escuchó que la llamaban desde lejos: ‘¡Eh, tú! ¡Sí, tú!…’’.
—¿Yo? —preguntó la rana.
—¡Sí, tú! —respondió la extraña voz.
“La rana no podía ver quién la llamaba, así que se acercó un poco más, hasta llegar a la orilla. Pero, para su sorpresa, al acercarse más, se dio cuenta de que quien la llamaba era un temible escorpión. Entonces un escalofrío recorrió el cuerpo de la rana, que sabía que los escorpiones tienen una cola venenosa, por lo que pueden ser muy peligrosos.
—Ven, por favor —decía el escorpión—. Necesito que me ayudes a cruzar al otro lado, porque tengo una cita importante que tengo que cumplir —dijo el escorpión.
—¿Y cómo podría ayudarte? —preguntó la rana.
—Yo me subiré a tu espalda y, todo lo que tienes que hacer tú es nadar, como sueles hacer, y así me podrás llevar hasta la otra orilla, que es a donde necesito ir.
“Al escuchar esto, la rana dudó, y es que desde muy pequeña había escuchado que no debía confiar en los escorpiones; sin embargo, este parecía ser muy amigable y educado.
—¿Cómo sé que no me vas a picar una vez que estés sobre mi espalda? Los escorpiones tienen fama de ser muy malos.
—Pues no te voy a picar, porque si lo hiciera, nos hundiríamos los dos —respondió entonces el escorpión.
“Y podía ser cierto, por lo que la rana se quedó convencida y decidió ayudar al escorpión. A fin de cuentas, no le suponía ningún trabajo, solo debía nadar de una orilla a la otra, como ella solía siempre hacer.
“Y así fue como el escorpión se subió sobre su espalda y, sin más dilación, la rana empezó a nadar en un completo silencio. Todo parecía ir bien y la rana estaba alegre, pues ambos se encontraban, sin problemas, a punto de llegar a la otra orilla. Justo después, sin embargo, la rana sintió como un doloroso aguijón se clavaba en su espalda: ¡el escorpión la había picado!
“Y como el veneno de los escorpiones es rápido en actuar, la rana ya no pudo moverse y los dos empezaron a hundirse. Con sus últimas fuerzas, la rana preguntó al escorpión por qué lo había hecho, si ambos iban a hundirse en el riachuelo.
—Lo siento, ranita —dijo el escorpión—, pero es mi naturaleza, no puedo hacer otra cosa. Y aunque yo quisiera ser diferente, no podría cambiar lo que soy.
“Tras aquellas palabras, el escorpión y la rana desaparecieron para siempre, hundiéndose en el fondo del riachuelo”.
Y NO, NO PUEDEN CAMBIAR LO QUE SON.


