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Hidalgo
sábado, enero 17, 2026
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PEDAZOS DE VIDA

Como un pedazo de vidrio pequeño pero incómodo, el dolor estaba en su pecho. Ella desconsolada gritaba “¡mi bebé, mi bebé!” la voz desgarraba el entorno, a momentos dejaba en silencio el pequeño espacio por el que desconsolada caminaba en la ciudad. Apenas había girado la cabeza, y el cochecito donde llevaba a su hijo se había marchado, lo habían robado.

La gente no la miraba, no se detenía, seguían su curso de forma indiferente, más preocupados algunos por cruzar la calle, limpiar sus zapatos o llegar a tiempo a algún lugar, todo coordinado con las luces del semáforo. La mujer con sus brazos, mostraba el hueco que se había quedado, la ausencia de un hijo que de un momento a otro dejó de estar.

Despertó sobresaltada, con ropa mojada en sudor. Se llevó la mano al pecho, respiró hondo. “Un sueño”, pensó. “Sólo eso”. “La ciudad como ladrón silencioso suele meterse en los sueños”, eso creyó. Se levantó, se lavó la cara, miró al espejo con la torpeza de quien vuelve de muy lejos. Sonrió, continúo con la vida de siempre.

Abrió el cajón para sacar sus calcetines y entonces la vio: ropita diminuta, doblada con cuidado. El aroma a perfume de bebé fue una bomba de dolor que despertó la ausencia y la preocupación, el patito y el botón azul que abrochó un par de veces, estaban ahí, inertes, opacos, sin el brillo de la sonrisa, sin el llanto del bebé.

Salió a buscarlo. Nuevamente la ciudad se desplegó con sus avenidas interminables, parques con columpios oxidados, estaciones de metro donde el eco repetía su miedo. Caminó por mercados, hospitales, vecindarios donde nadie la conocía. Preguntó sin levantar la voz, se había quedado sin lágrimas, no había energía para el llanto, su calma llegó con el agotamiento. En cada esquina veía un rastro: la cobija, el carrito, el biberón, escuchaba el llanto, las risas y el silencio que nunca es posible entre la multitud.

El laberinto de la ciudad fue recorrido completamente por una madre que busca a su hijo, sin que encontrara otra salida más allá de la ausencia. La verdad no llegó como una revelación, sino como un silencio. La escena se deshizo lentamente. La ciudad se apagó. Los sonidos se disiparon como si se alejara a toda velocidad.

Hay una silla de ruedas junto a una ventana que da a un patio gris, sus manos descansan sobre las piernas, quietas, disciplinadas. No grita. No corre. No pregunta a nadie. Los pasillos huelen a desinfectante corriente y a rutina. Afuera, la ciudad existe, pero ella no forma parte de ella. Esto que acabas de ver, es lo que ella fabrica dentro de su mente y esto que tú crees que vives, quizá sea la realidad que tú has creado desde una silla de ruedas en la que no sabes que estás pero desde la que vives tu propia realidad…

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