RETRATOS HABLADOS
José Revueltas, autor de “Los Muros de Agua”, “El Luto Humano”, “Dormir en Tierra”, “El Apando”, entre muchos otros libros, un día, la fecha no es exacta, luego de tomar unas copas de vino salió a caminar al parque “Luis G. Urbina”, de la Ciudad de México, más conocido como Parque Hundido. Su objetivo era comer una torta con su amigo dibujante, Héctor Xavier. Un perro se acercó al escritor, hambriento y todo flaco. Revueltas se compadeció del animal y le dio un pedazo de su torta, luego más, hasta que le cedió toda completa. Lo mismo hizo el dibujante y para ese momento, un número indeterminado rodeaban a los caminantes. Dice la leyenda que el escritor subió a una parte alta del parque y dirigió un mensaje a los hermanos perros, cual Francisco de Asís. Gracias a Enrique González Rojo Arthur, hoy podemos recordar ese discurso que seguro habría pronunciado.
Así que este discurso bien lo hubiera podido firmar Pepe Revueltas.
Compañeros canes:
Aprovecho esta concentración
para tomar por asalto la palabra
y decirles mi desdén, mi resistencia, mi furia
por la vida de perros
a que se les ha sometido
y que ustedes aceptan
sumisamente
con una larga, peluda y roñosa
cobardía entre las patas
(animación en el parque).
Camaradas perros callejeros:
¿Van a continuar luchando unos con otros?
¿Y lanzarse a dentelladas
contra el que también vive las manos
del hambre
cerrándose en su cuello?
Ah, mis pinches,
mis bonitos perros:
¿qué pasó con la táctica?
¿dónde sus olfateos de dialéctica?
Cada uno de ustedes ha acabado por ser el ámbito
en que sólo las pulgas están organizadas
autogestivamente.
Algunos
(ya los conozco)
pretenden luchar
para que el número de Sociedades Protectoras
de Animales aumente al mismo ritmo
del crecimiento demográfico
de los perros.
Canallas.
Otros
por el mejor trabajo
de los veterinarios. Sinvergüenzas.
Unos más
porque las vacunas antirrábicas
se repartan a pasto.
Farsantes
(murmullos de aprobación).
Camaradas perros:
Ustedes lo saben mejor que yo.
Lo espío ya en sus ojos:
hay que hacer a un lado la perrera egoísta
o el árbol por la individuación humedecido.
Desenterrar el hueso colectivo del atreverse.
Darle existencia histórica a las fauces
y soltar las tarascadas
en el número preciso requerido
para el triunfo.
Yo lo he soñado así.
En mi puño, mi fuero interno, mis lágrimas clandestinas,
yo he pensado que llegará un día
camaradas
en que por fin no sea
el perro hombre del perro
(ladridos entusiastas). Mas quiero algo decirles.
En esta lucha.
En este joderse.
En esta pasión
no vaya a ser que otros les coman el mandado.
No vaya a ser que los perros guardianes.
No vaya a ser que los perros de presa
o los perros policía.
No vaya a ser que los canes cultivados
los que cuelgan su rosal de ladridos
en medio de los jardines.
No vaya a ser que los advenedizos
los que sólo hasta ahora merodean
a sus propias mandíbulas y dientes.
No vaya a ser.
No vaya a ser que aquellos
cuando ustedes destruyan este mundo
se erijan en los nuevos mandarines
chorreantes de colmillos
y que ustedes se queden
sufriendo nuevamente
su existencia de perros.
(Aullidos exaltados).
José guardó silencio.
Bajó del montículo que le servía de estrado.
Y una insinuante perra que atravesó la calle
le dio en la madre al mitin,
a la pálida flor de la justicia,
a la solemnidad del crepúsculo,
y a la conciencia de clase
que fugaz
se había encendido
en esta efímera concentración
de perros callejeros.
Mil gracias, hasta mañana.


