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sábado, enero 3, 2026

DISCURSO DE JOSÉ REVUELTAS A LOS PERROS EN EL PARQUE HUNDIDO

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José Revueltas, autor de “Los Muros de Agua”, “El Luto Humano”, “Dormir en Tierra”, “El Apando”, entre muchos otros libros, un día, la fecha no es exacta, luego de tomar unas copas de vino salió a caminar al parque “Luis G. Urbina”, de la Ciudad de México, más conocido como Parque Hundido. Su objetivo era comer una torta con su amigo dibujante, Héctor Xavier. Un perro se acercó al escritor, hambriento y todo flaco. Revueltas se compadeció del animal y le dio un pedazo de su torta, luego más, hasta que le cedió toda completa. Lo mismo hizo el dibujante y para ese momento, un número indeterminado rodeaban a los caminantes. Dice la leyenda que el escritor subió a una parte alta del parque y dirigió un mensaje a los hermanos perros, cual Francisco de Asís. Gracias a Enrique González Rojo Arthur, hoy podemos recordar ese discurso que seguro habría pronunciado. 

Así que este discurso bien lo hubiera podido firmar Pepe Revueltas.

Compañeros canes: 

Aprovecho esta concentración 

para tomar por asalto la palabra 

y decirles mi desdén, mi resistencia, mi furia 

por la vida de perros 

a que se les ha sometido 

y que ustedes aceptan 

sumisamente 

con una larga, peluda y roñosa 

cobardía entre las patas 

(animación en el parque). 

Camaradas perros callejeros: 

¿Van a continuar luchando unos con otros? 

¿Y lanzarse a dentelladas 

contra el que también vive las manos 

del hambre 

cerrándose en su cuello? 

Ah, mis pinches,

mis bonitos perros: 

¿qué pasó con la táctica? 

¿dónde sus olfateos de dialéctica? 

Cada uno de ustedes ha acabado por ser el ámbito 

en que sólo las pulgas están organizadas 

autogestivamente. 

Algunos 

(ya los conozco) 

pretenden luchar 

para que el número de Sociedades Protectoras 

de Animales aumente al mismo ritmo 

del crecimiento demográfico 

de los perros. 

Canallas. 

Otros 

por el mejor trabajo 

de los veterinarios. Sinvergüenzas. 

Unos más 

porque las vacunas antirrábicas 

se repartan a pasto. 

Farsantes 

(murmullos de aprobación). 

Camaradas perros: 

Ustedes lo saben mejor que yo. 

Lo espío ya en sus ojos: 

hay que hacer a un lado la perrera egoísta 

o el árbol por la individuación humedecido. 

Desenterrar el hueso colectivo del atreverse. 

Darle existencia histórica a las fauces 

y soltar las tarascadas 

en el número preciso requerido 

para el triunfo. 

Yo lo he soñado así. 

En mi puño, mi fuero interno, mis lágrimas clandestinas, 

yo he pensado que llegará un día 

camaradas 

en que por fin no sea 

el perro hombre del perro 

(ladridos entusiastas). Mas quiero algo decirles. 

En esta lucha. 

En este joderse. 

En esta pasión 

no vaya a ser que otros les coman el mandado. 

No vaya a ser que los perros guardianes. 

No vaya a ser que los perros de presa 

o los perros policía. 

No vaya a ser que los canes cultivados 

los que cuelgan su rosal de ladridos 

en medio de los jardines. 

No vaya a ser que los advenedizos 

los que sólo hasta ahora merodean 

a sus propias mandíbulas y dientes. 

No vaya a ser. 

No vaya a ser que aquellos 

cuando ustedes destruyan este mundo 

se erijan en los nuevos mandarines 

chorreantes de colmillos 

y que ustedes se queden 

sufriendo nuevamente 

su existencia de perros.

(Aullidos exaltados). 

José guardó silencio. 

Bajó del montículo que le servía de estrado. 

Y una insinuante perra que atravesó la calle 

le dio en la madre al mitin, 

a la pálida flor de la justicia, 

a la solemnidad del crepúsculo, 

y a la conciencia de clase 

que fugaz 

se había encendido 

en esta efímera concentración 

de perros callejeros.

Mil gracias, hasta mañana.

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