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viernes, febrero 6, 2026
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Días de invierno en Pachuca

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RETRATOS HABLADOS

Antes de que anochezca en estos días de invierno tan de al tiro llenos de rencor, lo mejor será empezar a pensar con vocación renovada para intentar cuando menos, comprender el mundo que todavía nos regaló el tiempo para mirar y saber, sin lugar a dudas, que es mejor que el que nos tocó caminar de jóvenes, no por los avances en las tecnologías, sí porque sus habitantes, sus personas, son la mejor muestra de que siempre hay esperanza.

De nada serviría los pasos agigantados que se han dado para que la información corra de manera tan vertiginosa, si el ser humano, elemento esencial, se hubiera diluido en las prisas que le impidieran admirar el lugar donde les ha tocado vivir.

Así que Pachuca, para muchos de los que tal vez se asomen a leer lo que escribo ya de noche de viento helado y más oscura, porque el frio acrecienta la sensación de oscuridad, es sin lugar a dudas uno de esos lugares donde es deber ponerse a pensar y recordar lo que ha sido la vida, reconocer que el tiempo nos ha hecho menos proclives a los juicios sumarios, la necedad de poner calificativos a todo.

Es bueno el clima pachuqueño, porque despierta la infinita curiosidad por indagar en la memoria, y descubrir la valía de personas que confirmaron la certeza en la bondad, la camaradería sin interés alguno, con todo y que algunas y algunos marcharon antes de tiempo, pero guardaron sus palabras en el corazón de quienes tuvieron la suerte de escucharlos.

En días de invierno, cuando se anuncia que la luna ha dejado de estar sola, porque se pegó a su camino un satélite que se irá igual que llegó, a uno le da por pensar que por eso tanto frío, para que nos diéramos cuenta de que hasta en el cielo todo cambia, aunque sea diez años en que nuestra linterna nocturna estará acompañada, para después seguir sola el camino.

Eso es fundamental cuando nos topamos con temperaturas de congelación: las noches se iluminan de diminutos destellos de planetas y estrellas, que son tan visibles como en el mejor planetario del mundo. Asunto de recuperar la sana costumbre de mirar hacia arriba, y ver, descubrir que a cada rato cambia el pedazo de universo que podemos ver.

Además, todo eso nos aleja del barullo cotidiano de la política y sus cosas, sus marrullerías, sus peleas encarnizadas por el poder, con todo y que aun cuando acumularan todo, absolutamente todo, un simple asteroide que anda de turista, en una de esas pierde el equilibrio y acaba con todo, incluidos esos personajes simples y diminutos, que por eso vociferan día y noche.

A mí me gusta Pachuca, igual que el pueblo donde nací: fría la mayor parte del año, muy dada a que sus habitantes les guste ir con sus recuerdos a paso lento por las calles del centro, iluminar con tantas memorias el camino oscuro, y saber que, con bastante regularidad, ya no se sabe si lo que miramos es lo que proyectan con sus ojos, o la realidad que se confunde.

Además, aquí se mira la noche, la luna hoy que ha dejado de ser solitaria, y parece el cráter de la laguna de San Miguel, donde es posible celebrar el momento justo y exacto en que comprendimos que ser parte, aunque mínima, de una historia tan grande como la del universo, es suficiente para agradecer el frío, la sensatez de no perder el tiempo en historias tan simples y monótonas, como las que personifican los que se enamoran del poder político, como si eso fuera tan importante, para obligarlos a mirar el piso y no caer en la trampa colocada por sus supuestos enemigos.

Para gracia de todos, Pachuca, la ciudad más fría del centro del país, siempre obliga a mirar el cielo y tener la certeza, absoluta y definitiva, de que la vida va más allá de los pleitos de los que aman ser poderosos, y es, fundamentalmente, la magia de iluminar el camino con la memoria que ilumina los caminos, con la luz de la mirada.

Mil gracias, hasta el próximo lunes.

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