LAGUNA DE VOCES
La víspera de la llegada de los Santos Reyes, terminaba, por fin, la carta en que les exponía de la mejor manera las razones para recibir cada uno de los regalos solicitados. A veces, con absoluta honradez que esperaba reconocieran, anotaba textual: “este año no me he portado muy bien, así que lo que ustedes decidan traerme estará bien”. El hecho es que tardaba horas y horas para dar forma a la misiva que pegaba en la cabecera de mi cama, y dormir resultaba una proeza, porque el sueño no llegaba y solo casi a punto de que amaneciera cerraba los ojos, para despertarme una o dos horas después y sorprenderme de la forma como habían esperado el momento exacto para dejar los juguetes sin ser vistos.
En esa época nunca entendí por qué no debían revelar su identidad, si estaba claro que uno se llamaba Melchor, era negro y tenía más dinero, otro Gaspar y Baltazar. Pero la insistencia de que si los veíamos ya no regresarían, me dejaba la idea de que tal vez lo mágico puede existir solamente cuando se conserva el misterio. Así que, francamente, no tenía interés en querer esconderme para verlos, me bastaba con el futbolito que un año me dejaron, marca “Coquis”, y con el que organizábamos verdaderos campeonatos hasta que por el uso se fue quedando sin jugadores.
Fue un tiempo en que todo parecía posible a partir de desearlo, porque no teníamos una idea clara de lo que representaba el dinero, y con todo y que fue de los momentos más críticos para la familia en esos menesteres, de alguna manera estaba seguro que existía una tierra de prosperidad en algún lugar, que seguro me esperaría todo el tiempo que fuera necesario.
Los Santos Reyes se habían convertido en el pase directo para la construcción de todas las realidades que se atravesaran por la mente, y estoy seguro que daban resultados concretos, porque hay un lugar que con base a la imaginación puede ser creado desde cero.
Ya después, descubierto el misterio, las cosas tienden a perderse en la memoria, en los recuerdos, hasta que regresan cuando hay que asumir el papel de Rey Mago, y uno está seguro de que todo es una realidad a prueba de todo, que existen asuntos mágicos que nos dan sentido y esperanza.
El problema es que los hijos también crecen, y en el proceso lógico del que crece y se hace viejo, empiezan a flaquear las creencias, los atributos únicos de las ideas. A veces de manera irremediable se pierde la capacidad de soñar, de crear esos mundos donde era posible olvidar la amargura de la falta de dinero, pero también de dar sentido a la vida con un lugar donde crece la capacidad de imaginar.
Hoy como quiera llegarán los Reyes Magos a la mayor parte de los hogares mexicanos, y los niños y niñas, razón fundamental en la vida de los adultos, nos enseñarán que es posible mirar con otros ojos una misma realidad, y otorgarle posibilidades únicas que, esperemos, nunca se pierdan.
Cada uno tiene en la memoria el regalo inolvidable que le dejaron los Reyes, y ya más crecidos pudimos evaluar el esfuerzo de esos personajes que nos alegraron la vida de niños. Porque al final es asunto de magia y creencia, y nosotros optamos por creer.
Así que hoy, cuando acompañe a sus hijos a ver lo que dejaron los Santos Reyes, recuerde, eche a andar la maquinaria de la imaginación, y muy posiblemente se sorprenda de todo lo que representó la celebración.
En ese entonces importaba muy poco si el regalo era caro o barato, importaba que llegaba de las manos de un Rey Mago, que justo hacía eso: magia, de la buena, de la que no se deteriora con el paso del tiempo.
Ahora que me acuerdo, fueron noches de vigilia únicas, porque lograron mostrarme la forma como se construye un sueño, una vida completa alegrada por la presencia de Melchor, Gaspar y Baltazar.
Mil gracias, hasta mañana.



