Desconexión Masiva

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TLAMATINI

“Regreso a clases”

De niño jamás me gustó la escuela. El regreso a clases era una condena: tener que adaptarme a madrugar, encerrarme en un salón y obedecer consignas fue siempre un fastidio. Pero lo que verdaderamente odiaba eran los exámenes. No llevábamos ni una quincena en las aulas cuando ya nos estaban midiendo el rendimiento. Recuerdo calificaciones en ceros que no me avergüenzan; fui un estudiante por debajo del promedio.

Lo fascinante es que a los pocos días venía otro examen, y luego otro más. Terminaba tan abrumado de tanto evaluar que jamás vi la escuela como un sitio disfrutable. ¿Tiene que ser divertida la educación? Depende por completo de quién se pare al frente. En la primaria las maestras se limitaban a llenarnos de ejercicios en el pizarrón; en la secundaria, los profesores —si no llegaban crudos o borrachos— nos dejaban leer antologías o trabajar en equipo. Pero si amanecían enfermos de resaca, se derrumbaban en su silla para dictar planas o ponernos a leer en silencio. Carajo, qué época tan gris. No conocí maestros verdaderamente interactivos hasta el posgrado. Descubrir entonces a maestros que enseñaban filosofía existencial y avivaban la pasión por la literatura me hizo entender que mucho depende del método. Quizá fui un mal alumno, sí, pero la pedagogía de aquellos años era un páramo estéril. ¿Cómo es hoy en día?

Ayer leí la noticia matutina: México reprueba lectura y matemáticas en la prueba PISA. Cuatro de diez alumnos están por debajo del nivel básico. Yo sería uno de ellos, pensé. Según los resultados, el 41.8 por ciento de los estudiantes mexicanos se ubicó por debajo del nivel 2 en ciencias, lectura y matemáticas, dejando al país en la posición 64 de un listado de 91 economías.

Lejos de interpretarlo como simple desidia, aquello revela una resistencia legítima: el cuerpo y la mente rechazan de forma visceral un sistema que exige obediencia antes que sentido. ¿Cómo no iba a resultar insoportable un ciclo donde, apenas arrancando el curso, ya te están juzgando con una métrica? Cuando la evaluación se vuelve la única brújula, la curiosidad muere asfixiada. La escuela tradicional opera como un ejercicio de domesticación donde el alumno es un sujeto pasivo al que se le inyecta contenido o se le exige aguantar la desidia ajena.

La enseñanza deja de ser un trámite burocrático y se transforma en un encuentro vivo solo cuando el docente encarna lo que enseña. Cuando hay pasión, densidad humana y diálogo genuino, el aprendizaje deja de ser una imposición externa y se vuelve una transformación interior. Así como a mí me costó llegar al posgrado para encontrar esa chispa, sé que hay quienes guardan gratitud por algún maestro entrañable de su infancia; pero son excepciones en un terreno baldío.

Por eso, cuando las cifras de la prueba PISA escandalizan a los tecnócratas, la respuesta oficial es siempre la misma: meter más presión, más exámenes, más estándares de vigilancia. ¿Y si ese porcentaje masivo de «reprobados» es el síntoma de un modelo que sigue replicando la misma cerrazón que a mí me hastió?

Un país donde miles de jóvenes no alcanzan los mínimos esperados no es un país de mentes incapaces; es el espejo de escuelas grises, de profesores agobiados o ausentes, de programas que pulverizan el pensamiento crítico en favor de la estadística. Mientras la escuela siga funcionando como un aparato de control y repetición en lugar de un refugio para la pregunta, el resultado lógico seguirá siendo la desconexión masiva.

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