Un adulto responsable
“Pero recuerda, nadie es perfecto y tú lo verás,
tal vez mil cosas mejores tendrás, pero cariño sincero jamás…”
Tu cárcel – Marco Antonio Solis
No te voy a asaltar
Se sentía cansado de voltear la cabeza o ver hacia otro lado cada vez que le pedían su terminal para pagar, y se preguntaba: “¿por qué tendré que hacerlo? Si yo nunca voy a asaltar a nadie”, y entonces un día se decidió por ver atento mientras las personas digitaban su nip en el aparato. Algunos le reclamaron, otros no, pero a partir de ese momento comenzó a recibir más pagos en efectivo.
No vayamos tan rápido
Eran novios hacía ya más de tres años, y él nunca dio señales de algún tipo de compromiso, es más, esa palabra le causaba ñañaras, pero ella tampoco era de las que les temblaba la mano para tomar sus decisiones; se le abrieron las puertas lejos de su país y sin preguntárselo mucho terminó con él y le deseó lo mejor. Él, que decía que nunca se interpondría en sus sueños, suele lamentarse seguido por haberla dejado ir.
Un emprendedor con mala suerte
Se levantaba cada día antes del amanecer para surtir el negocio que quería ver crecer. No falló ni en fin de semana, no se tomó vacaciones y apenas tomaba de las ganancias para sus gastos, hasta que por fin vio los frutos de su esfuerzo: una cartera amplia de clientes y un negocio que ahora se mantenía solo. Lástima que el empresario no se tentó el corazón y ahí mismo le puso un supermercado que superaba con creces sus precios y facilitaba la movilidad de sus vecinos. Compitió un par de años, pero después tuvo que llevarse sus sueños a otro local.
Me agarraste en mis cinco minutos
Después de un día pesado volvió a casa con la esperanza de descansar, pero la prisa por estacionarse le jugó en contra y derribó el espejo retrovisor del coche de su vecino, quien enseguida salió, con machete en mano, a enfrentarlo. Después de una acalorada discusión, ambos terminaron pasando la noche en la cárcel. Él perdió su bono de puntualidad y asistencia en la chamba, pero se volvió más cercano a su vecino, que después le invitó la cena.
La vida después de la secta
Con esfuerzo, paciencia y tiempo, por fin pudieron sacarlo de ese negocio piramidal en el que ya estaba “hasta las manitas” de endeudado y con cajas y cajas de producto que ya no hallaba dónde guardar. Pero tras sacarle ese estrés de encima, no supo qué hacer para “volver a sentirse vivo”, por eso eligió la nueva religión que le prometió la salvación a costa de unos cuantos pesitos al mes.
Un buen papá
Todo entre ellos fue de absoluta cordialidad: se casaron en el momento justo, se divorciaron cortando por lo sano y supieron ser excelentes padres, aunque ya no estuviesen juntos; no se pelearon ni siquiera cuando ella se volvió a juntar. El único problema fue cuando su pequeño comenzó a llamar “mi otro papá” al nuevo esposo de ella.



