PEDAZOS DE VIDA
—¡Qué milagro! ¿Cómo estás Chilipeiper?
—¡Ah chingá! ¿De dónde saliste pinche Churrumais? ¡Ahora sí me espantaste, cabrón!
—¿Hace cuánto tiempo que no nos vemos? ¿Cómo has estado?
—Bien, we. Pues ando aquí de maestro en la universidad.
—No manches, está bien, siempre pensé que ibas a ser escritor, ya ves que hacías los escritos bien chidos, los poemas y las cartas. Si no fuera por esas cartas me cae que la Laurita jamás se hubiera fijado en mí.
—¿Me vas a decir que se casaron?
—¡Qué nos vamos a casar! Apenas acabamos la prepa y se fue para su pueblo cuando quería regresar conmigo ya estaba embarazada y la verdad no estoy para ser papá de hijos ajenos. Le dije que se quedara allá con el hombre que la hizo suya. ¿Y de qué das clases?
—De literatura y apreciación del arte.
—Con razón, ya lo sabía mano, siempre fuiste un buenazo. No se me va a olvidar la historia que le contaste a la maestra esa que te reprobó por verle los calzones. La hiciste llorar. Para mí que ha de seguir con el remordimiento, igual y ya se murió.
—¿Y tú qué onda, pinche Churrumais? We, me vas a perdonar, pero no me acuerdo de tu nombre, jaja ¿Alonso?
—Ora, Alonso… Lorenzo we, pero no hay pedo, para ti siempre El Churrumais.
—Discúlpame, pero tantos años que han pasado… Lo bueno es que tienes la misma jeta, eso no te cambió para nada.
—Ya ni me digas, prefiero El Churrumais, que me decían con tanto respeto, al Cara de Niño, como me dicen en el jale.
—¿Y de qué la rolas?
—Pues de todo un poco carnal, hago chambitas para las casas de los fraccionamientos del sur, plomería, albañilería, resane, pintor de casas, cuando es necesario pongo impermeable en las azoteas, instalo calentadores solares, antes ponía boilers, pero aquí ya se usan menos, lo de hoy son los calentadores de tubos.
—Ah no manches, ¿a poco sí le sabes?
—¿A poco no?
—No lo dudo, siempre fuiste bueno para los trabajos rudos y curioso con todo lo que se desarmara. ¿Y a eso de la luz, no le haces?
—Sí, cómo no. Hago instalaciones eléctricas, cambio focos, pongo lámparas ahorradoras y hasta cámaras de seguridad caseras.
—Jajaja no manches, cabrón. Si quemaste toda la instalación del taller de electricidad, todavía me acuerdo.
—Ni me digas, que me cago de la risa. La cara del profe. ¿Cómo se llamaba ese wey? Deja me acuerdo… pero su cara al escucharse la explosión, decían que fue de película. Mientras tanto, yo aventado en el piso viendo cómo todos estaban a mi alrededor.
—Pues lo espantaste, cabrón, hiciste todo lo que no se tenía que hacer. Nada más se volteó y acabaste con todo, antes no te quemaste ahí.
—Pues ahí ando, haciendo de todo. Ya hasta fui brujo.
—¿Cómo que brujo?
—Sí, ya hasta echaba las cartas, tenía mi consultorio y vendía hierbas y hacía limpias.
—Ah, chingá, ¿y eso de dónde o qué? ¿A poco tienes ascendencia mística?
—No, qué va. Yo aprendí. Estaba trabajando en el mercado en el puesto de doña Chela y se puso mala la señora y se fue como tres meses, nada más iba los fines a sacar cuentas y me dejaba el puesto. Ya había visto cómo le hacía así que comencé a dar consultas. Con lo de las hierbas o cosas que no sabía le marcaba y me contestaba. Entonces yo anotaba eso en una libretita y atendía al cliente.
—¿Y luego?
—Pues, ¿qué te cuento, mano? Te voy a contar porque hay confianza. Una de esas veces llegó una ñora de esas que tienen varo, yo desde que la vi y comenzó a hablar me di cuenta lo que quería saber. Entonces puse las cartas sobre la mesa y eché tantito los ojos en blanco y le dije que su marido andaba con una chamaca.
—No manches. ¿Le mentiste con algo así?
—Sí mano, pero resultó cierto y comenzó todo el desmadre. Regresó como cinco veces, ya ni las cartas echaba, nada más iba a que le diera consejo. Me dijo que se iba a divorciar, que ya había comenzado los trámites, pero que tenía miedo porque su marido era político y se ponía muy violento.
—Hasta suerte tienes.
—Ahorita que te cuente, vas a ver mi suerte. Pues yo le dije que ahora las leyes protegen a la mujer, que se atreviera a tocarla y ese cabrón se iba al bote y a ver si le iba a convenir, para su carrera política, todo el borlote.
—Eres cabrón, ¿eh?
—¿De quién lo aprendí? Te digo que para contar historias tú eres bien bueno. ¿Te acuerdas de cuando hiciste pasar a la señora de la fonda por tía del Greñas…? Y la convenciste diciéndole que, si no le echaba la mano, sus papás lo iban a matar y le enseñaste el lomo del Greñas todo madreado, pero porque se iba a entrenar como luchador.
—¡No chingues! De eso ya no me acordaba. ¿Qué se habrá hecho ese cabrón?
—Se murió.
—¡Ah no mames!
—No, ¿qué se va a morir? Anda en la lucha libre. Es de los buenos, ya se fue a Japón, ya ves que allá sí valoran el producto mexicano.
—¡Cabrón! Ahora sí me la aplicaste. Pero cuéntame, ¿qué pasó con la señora y la brujería?
—Pues un día que le digo: «Provóquelo, dígale sus cosas, póngale sus madrazos, usted tiene el control y todas las de ganar». Y no fue y se la hizo de pedo, entró a la oficina en plena reunión y le puso un madrazote con un pisapapeles que se encontró en el escritorio de la recepcionista.
—¡No chingues!
—Sí, y lo peor es que el marido como es medio violento y macho, no le iba a permitir esa humillación en su oficina. Y le puso en su madre, la sacó arrastrándola de los pelos y si no es por los lamebotas que trabajan con el marido ahí en la secretaría la señora no la cuenta. Luego ya me puse a pensar y qué bueno que fue en la oficina y no en su casa. Y pues para no hacértela larga, después ya me estaban demandando y ellos siguen juntos como si nada. Pinche gente loca, lo que hacen por el varo.
—¡Está cabrón!
—Sí, la verdad sí. Me fueron a buscar al mercado, lo bueno es que Dios es grande y ese día no fui; si no, ya no la hubiera contado. Por eso ya no trabajé con doña Chela y tampoco puse mi propio consultorio, aunque se gana bien, es muy peligroso.
—Pues si nada más le mientes a la gente, ¿cómo no va a ser peligroso?
—Tú le mentías a la gente y también te pagábamos por eso.
—Es diferente, ahora ya no hago eso.
—¿A poco ya no escribes?
—Sí, también escribo, pero ahora hago cuentos y estoy trabajando en una novela.
—Ya ves, no me digas que todo lo que pones ahí es verdad. Estuvieras haciendo un libro de historia, entonces.
—Jajaja, viéndolo así, tienes razón.
—Y pues así fue. Ya no trabajé en el mercado, ahí tampoco se sabían mi nombre y desde entonces no me he vuelto a quitar la barba. Pero, ¿a poco no? Pinche vieja, si está viendo que el hombre es bien violento, ¿para qué me hace caso? En fin, mano, así es esto.
—Bueno, mejor que andes haciendo chambas diversas y no que estés en la mira de un político.
—Sí, pues así es esto.
—Pues ya me voy, que tengo clase ahorita, pero pásame tu cel. Y nos vamos a echar unas frías ¿o qué?
—Aquí está mi tarjeta, ahorita no traigo de las otras, pero es el mismo número.
—¡Ah, cabrón! ¿Payaso Churri Nais? ¡No mames! ¡No mames!
—También le hago a la payasada, pero luego te cuento eso.
—Cuídate carnalito, y nos estamos viendo. Me dio gusto saludarte.
—A mí también, nos vemos pronto, anótame aquí tu número, no vaya a ser que se te olvide marcarme.
—Sale, ya estás.


