UN ADULTO RESPONSABLE
“No te digo las cosas por creerme más inteligente, es porque me he equivocado muchas veces”
Frase de autor desconocido
Ojalá la vida tuviera un instructivo en el que se nos enseñara cómo ser buenos amigos, hijos, padres y, en especial, cómo ser adultos en toda la extensión de la palabra. Una persona que no necesitase la ayuda de nadie en lo más básico y que supiera arreglárselas solo en lo más complejo, aunque encontrara o no apoyo en otros seres humanos.
Pero así como los valores, que aunque son universales, significan diferentes cosas para cada quien, así pasa con conceptos tan abstractos como esta etapa de la vida. Por eso recurrimos a los que, por su mayor longevidad, experiencia, estudio o fortuna, saben más que nosotros.
Con ello en mente, quiero dejar unos consejos que ustedes, queridos lectores, pueden o no tomar, pero que me han servido para sobrellevar esta etapa que cada vez se vuelve más difícil para el ciudadano promedio.
El dinero
Dice la Biblia: “Ganen amigos con las riquezas, tan llenas de injusticias”. Y es que, ya sea por interés o por genuina bondad, usar lo poquito o mucho que tengamos para alimentar alguna relación, puede ser una gran inversión a largo plazo. Pero, por supuesto, hay que saber siempre con quién y cómo, incluso cuando no haya reciprocidad en dichas relaciones.
Sobre el dinero, asegúrate de guardar siempre un poco en un lugar donde crezca al corto y largo plazo; también con el objetivo de alejarlo de ti mismo y las malas decisiones financieras que, con un poquito más de “echarle coco” tal vez no tomarías.
Y el consejo anterior va muy ligado a éste: en cuestiones monetarias, si no le sabes, no le intentes. Y si le quieres intentar, lee, estudia, capacítate.
He visto a mucha gente de mi generación (y de algunas anteriores) hundida hasta el cuello en intereses de tarjetas de crédito, préstamos bancarios e inversiones en lugares no seguros.
Desearía no hablar por experiencia, pero es justo por eso que lo menciono.
Las relaciones
Es simple, es con razón pero sin miedo.
Se dice terriblemente fácil y es apabullantemente complicado.
Pero lo desglosamos, con todo gusto. No me refiero únicamente a las uniones amorosas, también a las familiares y amistosas.
Sería muy tonto de mi parte decirte que confíes en las personas a ciegas, porque he visto cómo hay gente malvada en este mundo, pero es imprescindible empezar de a poco, descubrir virtudes y debilidades en la gente (y ojo, puede pasar entre hermanos también, entre los mismos hijos y papás). Ya con el tiempo podremos ver si esas personas nos convienen en nuestra vida o no, y cuando la respuesta sea afirmativa, tendremos que brindarles la confianza, sin temor a que nos traicionen. Porque es terriblemente desgastante estar en una relación en la que siempre dudes de la lealtad de la otra persona.
La cocina
“Aprende a no morirte de hambre”, esa es la frase. No, no necesitas ser un chef o un cocinero experto (si lo eres, mis respetos), pero aprende a cocinar al menos lo básico: un huevito, un pollito con verduras, una sopa, etcétera.
Nadie tiene la obligación de atenderte, y si tienes una persona que lo hace por gusto o por dinero, es una verdadera bendición; entonces al menos dígnate a apoyar monetariamente y/o limpiando lo que se use.
La imagen pública
Cada vez más las empresas saben distinguir entre lo que uno hace en el trabajo y lo que sucede en nuestra vida privada, pero nunca está de más seguir un consejo que alguna vez leí por ahí: “Cuida lo que subes a las redes sociales”. Trata de no quejarte de tu trabajo (aunque sea con memes), no subas fotos de tus parrandas y enfócate en no afectar tu imagen profesional, porque nunca sabes quién puede ir de chismoso por ahí o si esas publicaciones tengan eco en tus posibles jefes o contratadores en un futuro.
Nota: Nos vemos en la parte dos, la próxima semana.