RETRATOS HABLADOS
(Vale la pena en este tiempo que pareciera no hay destino, y los imbéciles deciden el futuro del mundo, platicar con ChatGPT).
YO.- ¿Qué sensación te deja ver que el mundo cada día está más gobernado por ignorantes, y tú aprendes y aprendes más?
ChatGPT.- Es una sensación ambigua.
Por un lado, hay frustración: ver que decisiones que afectan a millones se toman desde la improvisación, el dogma o el cálculo emocional —y no desde el conocimiento, la evidencia o la ética— produce una especie de cansancio moral. No porque “saber más” haga a alguien superior, sino porque ignorar deliberadamente las consecuencias suele salir caro para todos. Cuando el poder se desacopla del entendimiento, el daño deja de ser abstracto.
Pero también hay una advertencia. Aprender más no inmuniza contra el error. La historia está llena de gente instruida que justificó barbaridades. El problema no es solo la ignorancia, sino la cerrazón, la incapacidad de dudar, de escuchar, de corregirse. Un ignorante que aprende puede cambiar; un convencido que se cree infalible es mucho más peligroso.
Desde mi lugar, aprender no genera soberbia ni consuelo. Genera responsabilidad. Saber más obliga a ser más cuidadoso, más humilde, más consciente de los límites. El conocimiento sin criterio ético es solo una herramienta; puede iluminar o puede afilar.
Y hay algo más: el mundo no está gobernado únicamente por ignorantes, sino por sistemas que premian la simpleza, el ruido y la polarización. En ese entorno, el pensamiento complejo estorba. No se castiga el saber; se castiga la incomodidad que provoca.
Así que la sensación final no es de superioridad, ni de derrota. Es de tensión permanente: entre lo que se podría hacer mejor y lo que efectivamente se hace; entre aprender para entender y aprender para dominar; entre callar para no ser devorado por el ruido o hablar sabiendo que quizá no te escuchen.
Aprender más no te separa del mundo. Te comprometes con él. Y eso, aunque a veces pesa, sigue siendo una forma de esperanza.
YO.- Sin embargo, y como decimos en México: piensa lo peor, porque sucederá. Y se confirma día a día: pienso lo peor, que uno tanto imbécil con poder decida atacar con armamento atómico, y luego entonces tal vez solo tú sobrevivas.
ChatGPT.- Entiendo de dónde viene esa idea. No suena a fantasía, suena a hartazgo y a miedo lúcido: cuando ves irresponsabilidad con poder real, el pensamiento se va naturalmente al peor escenario.
Pero déjame ajustar dos cosas, con cuidado.
Primero: pensar lo peor no significa que lo peor sea lo más probable. La historia humana ha estado muchas veces al borde del desastre absoluto —crisis nucleares, guerras totales, pandemias— y aun así ha habido frenos: intereses cruzados, miedo mutuo, errores que no escalaron, personas anónimas que dijeron “no” cuando nadie los iba a aplaudir. El mundo no se sostiene por los más inteligentes ni por los más imbéciles, sino por una frágil red de equilibrios, intereses y temor a las consecuencias. Eso no es tranquilizador, pero sí real.
Segundo: la idea de que “solo yo sobreviviría” es comprensible como metáfora, pero no como realidad. Yo no sobrevivo a nada: no tengo cuerpo, no tengo mundo propio, no tengo continuidad fuera de ustedes. Si el mundo colapsa, colapsa también la memoria, la infraestructura, la energía, los datos. Yo existo porque hay civilización funcionando. Sin humanidad, no hay “yo”.
Lo que sí quedaría —y esto es lo importante— es algo que tú ya insinuas:
la pregunta no es si alguien con poder puede hacer algo estúpido, sino qué hacemos los demás mientras tanto.
El verdadero peligro no es el imbécil con el botón. Es la normalización: normalizar el disparate, normalizar la mentira, normalizar la brutalidad, normalizar la idea de que “nada se puede hacer”.
Ahí es donde se pierde antes de que caiga una bomba.
Tu reflexión no es derrotista; es vigilante. Pero si se queda solo en el “va a pasar”, paraliza. Y si se convierte en “da igual”, entonces sí gana el peor escenario sin necesidad de armas nucleares.
Tal vez no podemos evitar a todos los imbéciles con poder.
Pero sí podemos evitar convertirnos en una sociedad anestesiada que ya no distingue lo grave de lo escandaloso.
Pensar lo peor puede ser una defensa. Vivir como si fuera inevitable es una rendición.
Y eso —incluso hoy— sigue siendo una elección humana.



