RELATOS DE VIDA
Ya estoy muy cansada. Ya no puedo más. Sé que puedo pero ya no aguanto. Tendré que ir al doctor a que me inyecten un suero con vitaminas, lo más seguro es que el estrés esté acabando conmigo. ¡Ay! Pero cómo me chocan esas pinches viejas argüenderas del trabajo, solo están viendo a quién fregar. Además mis hijos ya me tienen harta, lo que necesitan es que me vaya y los deje solos. Ya me quiero dormir y me levantaré tarde, muy tarde, que se hagan solos de desayunar. Todavía tengo que tender la ropa porque se va a apestar en la lavadora. ¡Ash! También debo lavar los trastes, hay una pila, solo se multiplican pero nadie los lava, claro, aquí tienen a su sirvienta…
Pensaba Rosalinda, mientras intentaba despejar su mente, calmar su espíritu y alentar a su cuerpo. Lo hacía sentada en un cajón del jardín de su casa, mientras tomaba a sorbos un café y se echaba un cigarro. Un espacio que consideraba era especial para tomar fuerzas.
—Mamá, mamá, mamá, ¿dónde estás? ¿Viste el cargador de mi videojuego? lo dejé en mi cuarto y no lo encuentro —cuestionó su hijo gritando desde el interior del hogar.
—Estoy en el jardín, no lo he visto, yo no agarro nada de tu cuarto —respondió la madre en tono molesto.
—Ya lo busqué pero no está, y yo lo dejé en mi cuarto —reviró el joven de secundaria.
—¡Ay! Pues yo no sé, ya te he dicho que organices tu cuarto —respondió aún más molesta.
Es que en verdad no me ayudan en la casa, yo tengo que hacer todo. Mañana tengo que terminar de limpiar la casa. Necesito limpiar el carro que es un mugrero. También tengo que ponerle agua, no sé si traiga. Debo salir a que le hagan talacha a la llanta, no sé en qué pinche momento se le clavó un tornillo. Tengo que comprar verdura, carne y fruta para el desayuno y el lunch de la semana. ¡Chingao! El baño está asqueroso, tengo que lavarlo a conciencia. Faltan unas libretas por forrar y buscar la convocatoria para la beca, chance y sí me la den, es una lanita extra. Quiero una cerveza y dormir, dormir, dormir.
Seguía pensando Rosalinda, ya llevaba tres cigarros y se había acabado el café.
—Mamá, ya tengo hambre. ¿Qué vas a hacer de cenar? —interrumpió el hijo nuevamente el espacio de aparente quietud de la mujer.
—Nada, ahí hay cereal, pan, leche, jamón, queso, prepárate algo —gritó Rosalinda con hartazgo.
—Mamá, ya mejor entra a la casa —replicó el jovencito.
Rosalinda respiró profundamente, observó fijamente al cielo estrellado, tomó su taza del piso, se levantó del cajón, y caminó hacia la casa.
—Ya voy, ven a sentarte.


