Baile

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Memento

“Bailar pegados es bailar igual que baila el mar con los delfines, 
corazón con corazón en un solo salón, dos bailarines”
Bailar Pegados – Sergio Dalma

Baile viene del latín ballare, que significa bailar, saltar, mover el cuerpo con ritmo.  Ese ballare no nació solo, procede del griego ballizo, que aludía a dar brincos, agitarse, moverse con energía, casi como un impulso corporal más que una técnica. En su origen era movimiento instintivo, descarga del cuerpo. La palabra baile terminó nombrando no solo el acto, sino el lugar y el ritual. Primero fue el cuerpo moviéndose, luego, la música le acompañó.

Aprendí a bailar un poco, y es que a mi cabecita le da por desmenuzar la música; no le es sencillo concentrarse en la melodía, de pronto escucho un instrumento o sonido y me clavo en él, dejo de seguir a los demás. Escucharlos en conjunto se me complica, por eso a veces los popurrís -bien hechos- se me hacen una canción larguísima, y en otras ocasiones -cuando están mal hechos- se me complica disfrutarlos, me parecen un conjunto de parches, porque parecen “saltar” entre melodías. Tuve que aprender a bailar por medio de YouTube, hasta gusto le tomé a la música sonidera de tantos videos que “analicé”. No fue hasta un día que, degustando unos rones y un chamorro en “El Club de Tobi”, resulté iluminado con los pasos de una pareja y caí en cuenta de que eran “simples cuentas”: 1-2-3-4, repetir. Una epifanía. En ese momento dejé de intentar escuchar la música y me concentré en contar; por fin pude bailar un poco.

Una persona me dijo: “Pensé que eras arrítmico hasta que te vi bailando en un concierto de música electrónica, llevabas el ritmo, tenías cadencia, lucías divertido”. Y ese es el punto: solito -y con música que sea de mi completo agrado- soy un Fred Astaire. Ya bailar en pareja no me resulta sencillo.

Hace tiempo vi bailar salsa a una amiga con su pareja, parecían uno mismo, se movían en una sola entidad dividida en dos cuerpos. Estaba fascinado viéndolos. Él la tocó del cuello y ella comprendió, dio un giro, él la siguió sin quitar su mano de su nuca, ella volvió, dio un paso al frente y él un paso atrás, después ella regresó y él avanzó, se detuvieron, se abrazaron, terminó la canción. Todo esto sin dejar de mirarse a los ojos; eso había sido una conversación corporal al ritmo de la música.

En el baile, dos cuerpos intentan sincronizarse. No desde la razón, sino desde el ritmo. Es un acuerdo silencioso donde el tiempo manda más que las ideas. Mientras dura la música, las palabras sobran. El cuerpo habla primero demuestra que, por un instante, el cuerpo puede entenderse mejor que las palabras. Y que hay verdades que solo aparecen cuando el lenguaje se hace a un lado.

Dos personas pueden hablar durante horas y no decirse nada, pero basta una buena rola para que algo empiece a ordenarse. El cuerpo escucha antes que la cabeza. En el baile, las palabras se repliegan y aparece otra forma de diálogo. Miradas, tiempos, pausas. Tal cómo en psicoterapia no se trata de entender, sino de comprender y coincidir.

Bailar es una conversación sin idioma. Nadie interrumpe y nadie explica de más. Cuando hay conexión, los cuerpos se ajustan solos; cuando no, ningún discurso lo salva.

La conseja de hoy

Tal vez por eso el baile incomoda y atrae al mismo tiempo, porque revela, en unos minutos, lo que la conversación puede tardar años en admitir. Y como decía mi Awe: “Lo bailado nadie te lo quita”.

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