Arbolicidio y universidad sustentable (parte II)

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Existen universidades que se han comprometido, al menos en el discurso, con la Agenda 2030 y con el cuidado del medio ambiente y la vida, lo que hoy denominamos sostenibilidad. Pero ¿cuál es el problema con esta retórica universitaria?

Una forma sencilla de explicarlo es que muchas universidades no han cambiado; es decir, no hacen lo que dicen. Sus acciones se expresan en sus funciones sustantivas (docencia, investigación, vinculación y gestión), mientras que sus declaraciones permanecen en el plano discursivo. Ahí se encuentra el núcleo del problema: una brecha ética entre lo que se proclama y lo que efectivamente se realiza.

La retórica, entendida en su uso actual, suele convertirse en una forma de comunicación sofisticada que privilegia la persuasión sobre la verdad. Contrario a la cantinfleada de barrio, o la verborrea política, la retórica universitaria construye apariencias de coherencia y compromiso. Sin embargo, no necesariamente implica una transformación real. En ese sentido, se aleja de una ética orientada a la vida.

Quizá por ello el filósofo Sócrates mantuvo un abierto enfrentamiento con los sofistas, reconocidos por su dominio y enseñanza de la retórica en el espacio público. El enfrentamiento no era menor, pues se trataba de la relación entre conocimiento, verdad y virtud (la areté o lo que hoy llamamos ética). Hoy, esa tensión reaparece en instituciones universitarias que emplean el discurso de la sostenibilidad en sus planes e informes sin modificar sus prácticas.

Las universidades hablan de sostenibilidad, pero en su interior predomina una lógica orientada al estatus, el poder y el prestigio. Bajo una racionalidad gerencial, decía Adrian Acosta (Principe, Burócratas y Gerentes, 2009) lo que importa es la “república de los indicadores”, informes que pocos o nadie lee, evidencias para la acreditación, presunción en rankings internacionales. En ese proceso, el compromiso ético con la vida queda relegado frente a la lógica de la apariencia y el mercado.

Aquí radica el núcleo ético del problema, ya advertido por Aristóteles al vincular el bien común con la práctica de la virtud, y replanteado en perspectiva radical por Enrique Dussel desde su filosofía, política y ética de la liberación.

Para los filósofos clásicos, el ser humano actúa mal por ignorancia; quien conoce el bien, actúa bien en consecuencia. ¿Podemos enseñar y aprender hoy ese principio ético filosófico en nuestras universidades? Por su parte, Dussel, desde la filosofía y ética de la liberación, critica el colonialismo y la racionalidad capitalista y moderna occidental, y coloca en el centro la ética y la vida como el valor supremo, el fin de todos los fines.

De ahí que resulte urgente recuperar una ética que reconozca la vida en todas sus formas como principio y fin. No el poder, el prestigio o la eficiencia; no los valores del mercado que hoy se asumen como universales, sino una responsabilidad genuina con la existencia misma.

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