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Aquellos ayeres

Oscar Raúl Pérez Cabrera
2 Min de Lectura
Miguel López

PEDAZOS DE VIDA

Parece que en las alturas de la ciudad, una bestia voraz ha logrado atrapar a su presa. Allá donde todavía la hierba silvestre crece sin problema alguno, se ve como el matorral se mueve al compás de lo que parece ser un lamento, un grito y después lo que parece el último suspiro. Entre los nopales y la hierba se ha formado un delgado camino, hecho por quienes avanzan entre la maleza para saciar su apetito…

Así es uno de los cerros de Pachuca, que en su cima tiene la enorme escultura de un Cristo abierto de brazos, mientras tanto, abajito, unos metros más abajito, el pecado se enciende de vez en cuando. Las revistas pornográficas, los condones usados, y el camino talloneado, seguramente por alguna posición sexual convencional, lo delatan. 

Tras asomarse, no era una bestia lo que estaba tras la hierba, más bien dos jovencitos que buscando “pasarla bien” lograron atraer el interés de doña Lupe, la señora que buscando algunos matorrales secos para su boiler, se encontró con la imagen impura y  a la vez chusca de dos chamacos en pleno acto pasional. 

“¡Váyanse de aquí!  Pinches chamacos calientes, ahorita le voy hablar a la policía, si están bien chiquitos y ya andan de calientes, pónganse a estudiar”, grita la señora.

Y a lo lejos tomados de la mano, ella aún sacudiéndose la falda, le gritan “¡usted no se meta, vieja chismosa!”, y se pierden en el camino que baja del cerro del Cristo Rey, para tomar la colectiva que va pasando, se alejan y ahora doña Lupe tiene algo que contar, no sin antes recordar aquellos tiempos en los que con don Aurelio, siendo chamacos, también disfrutaban del pecho a tierra en ese mismo lugar.

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