LA RULETA
Su madre lo llevó en su vientre durante meses, la vida aún no comenzaba fuera de ese entorno, y para él era muy chido, flotaba en líquido amniótico, no había calor ni frío, siempre había la temperatura adecuada. Llegó a este mundo una tarde de marzo, en medio de un bullicio, calor de primavera, y el cobijo materno.
El tiempo pasó, lo alejaron del cuidado de su madre y tuvo que enfrentarse solo al mundo. Nunca tuvo nombre. Supongo que desde que lo abandonaron entendió que quedarse quieto era morirse. Así que buscó el camino.
Llegó a “la casa” una tarde medio fría. Esa casa no parecía especial, pero tenía algo… quizá el olor. Olía a sopa caliente. Se quedó afuera mirando la puerta. Nadie salió. Mejor. A veces, cuando la gente sale, es peor.
Esperó un rato. Escuchó voces dentro. La voz de una mujer decía que no. Una voz más grave decía: “déjalo, al rato se va”. Quizá tenían razón… tarde o temprano uno termina yéndose. O lo corren. O entiende solo.
Esa noche llovió un poco. Se asomó por las ventanas. Se hizo bolita junto a una maceta rota. Intentó no moverse mucho para que no notaran que seguía ahí. Hay personas a las que les molesta incluso la existencia ajena.
Al día siguiente salió un niño. Lo miró apenas unos segundos. Él también lo observó. Traía esa cara de quien quiere acercarse, pero todavía pide permiso con los ojos. Se agachó un poco. Le aventó medio pan. Fingió que no tenía hambre para no espantarlo. La dignidad también da de comer… poquito, pero da. Tomó el pan y huyó a otro lugar para comerlo sin incomodar.
Con los días aprendió los horarios de la casa. Quién gritaba más fuerte. Quién llegaba oliendo a calle. Quién lloraba encerrado en el baño. Las paredes hablan mucho. Y uno aprende a escuchar, se vuelve una forma de sobrevivir.
La señora seguía diciendo que nadie sabía de dónde venía. Y sí, ni él mismo sabía ya de su origen. Nunca lo dejaron entrar. Nadie decía nada, pero tampoco decían “quédate”.
Empezaron a darle agua sin hacer comentarios. El niño le hablaba cuando se sentía solo. Una vez, la muchacha le acarició la cabeza mientras pensaba que nadie la veía.
Así pasó el tiempo, y las cosas cambiaron un poco. No tenía un hogar, pero vivía alrededor de la casa. No tenía un lugar en la familia, pero vivía cerca de una. No tenía un lugar en la mesa, no tenía un plato, pero tenía comida y un refugio.
La vida no lo había tratado bien, pero intentaba no ser rencoroso; a pesar de todo, no sabía odiar.
Aprendió a resguardarse del clima; entre los árboles y magueyes encontró refugio. Sabía que había cometido errores; algunas veces el hambre lo obligó a robar comida, y eso no fue bien visto.
No tuvo nombre, solo un color.
De él y su historia prefiero imaginar que quiza él no escuchaba “Ese perro es el Amarillo”, sino “Ese perro es el Amar y yo”.




