17.1 C
Hidalgo
viernes, enero 9, 2026

Afuera la posada, adentro los recuerdos 

Más Leídas

PEDAZOS DE VIDA

Las luces de colores parecían burlarse de él, desde el otro lado de la calle. Observaba, desde su ventana, a los vecinos reunidos en la posada del barrio. Se escuchaban villancicos desafinados, risas y luego el coro desafinado de quienes piden posada, finalmente los niños atizaron a golpes a la piñata, sonidos comparados con el golpeteo desesperado sobre una tabla de madera, como si su mente quisiera confundirlo, hacerle creer que alguien llegaría a tocar su puerta. 

Tras sacudir la cabeza, tratando de disipar los pensamientos, apoyó la frente en el vidrio frío y regresó a su infancia. Se vio niño, con las manos pegajosas por el ponche que le había escurrido, corriendo atrás de sus primos, escuchando la voz de su madre y hasta el regaño de su padre por haber quemado con una luz de bengala su ropa nueva, en esos años, la casa no era tan grande, pero estaba llena. 

Ahora no quedaba nada de eso, pero no podía culpar a nadie más que a sí mismo. Cada decisión mal tomada fue una piedra que él mismo colocó entre su vida y la de los demás. Se había quedado solo poco a poco, sin darse cuenta, hasta que el silencio se volvió costumbre. Tenía una hermosa casa, sí, pero ningún amigo que cruzara su umbral, ninguna voz que pronunciara su nombre.

Hay corazones que, una vez rotos, no vuelven a su forma original. Por más que se intenten pegar, siempre queda la grieta, siempre se filtra el frío, ya no hay confianza y el daño es irreversible. La mujer que juró amarlo fue el principio del fin. Se aprovechó de su fragilidad, sembró dudas donde había confianza y lo apartó de quienes lo querían. 

Él creyó que el amor exigía sacrificios, pero sacrificó demasiado. Cuando ella se fue, lo hizo sin una explicación, sin una despedida. Simplemente desapareció. Después, supo que se había marchado con otro hombre. Cerró la cortina. Dejó de mirar la fiesta ajena como quien deja de leer una carta que no le pertenece. Se recostó en el sofá, envuelto en el eco lejano de las risas y gritos, así se quedó dormido, no por cansancio, sino por huida.

Al despertar, la casa seguía igual: muda, inmensa, ajena. Comprendió que su desgracia no era la soledad, sino la certeza de no saber cómo volver… Al final, todavía quedaban caminos divergentes para llegar a su final, quizá en alguno encontraría la salvación. 

Autor