Adultos cansados de ser fuertes

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El 20 de mayo se conmemora el Día Mundial de las Abejas, y aunque normalmente pensamos en miel, flores o naturaleza, las abejas también pueden convertirse en el reflejo perfecto de una sociedad agotada. Una sociedad donde descansar da culpa y donde muchas personas sienten que sólo valen cuando están produciendo, resolviendo o sosteniendo algo para alguien más.

Vivimos en un mundo que aplaude a quienes siempre pueden con todo, a quienes nunca descansan, trabajan de más y están disponibles para todos. El problema es que muchas veces detrás de esa fortaleza hay personas profundamente agotadas emocionalmente.

Hay personas que no saben detenerse, no porque no quieran, sino porque aprendieron que hacerlo era peligroso, personas que crecieron sintiendo que tenían que ser responsables antes de tiempo, no dar problemas o hacerse cargo emocionalmente de otros. Niños que aprendieron a tragarse lo que sentían porque alguien más estaba peor. Y muchas veces esos niños crecieron convirtiéndose en adultos funcionales, responsables y admirables, pero cansados todo el tiempo.

Porque no todas las respuestas al trauma se ven como caos, a veces el trauma se ve como perfeccionismo, hiperproductividad o necesidad constante de estar ocupados. Se ve como personas que sienten ansiedad cuando descansan, que no saben relajarse y que incluso en vacaciones siguen sintiendo tensión.

Cuando alguien vive demasiado tiempo entre estrés, exigencia o presión emocional, el cuerpo se acostumbra a estar alerta, por eso hay personas para las que descansar no se siente seguro. Porque alguna vez descansar significó ser criticados, sentirse inútiles o creer que sus necesidades no importaban.

Entonces mantenerse ocupados se vuelve una forma de evitar sentir. Porque cuando el ruido baja aparece el cansancio, la tristeza, la ansiedad o el vacío que llevaban mucho tiempo ignorando.

Esto también ocurre muchísimo en personas cuidadoras. Personas que hicieron de cuidar a otros toda su identidad, quienes siempre escuchan, ayudan y sostienen emocionalmente a todos, pero que rara vez saben pedir apoyo o permitirse ser cuidadas. Muchas crecieron creyendo que su valor estaba en ser necesarias y terminan confundiendo amor con sacrificio.

Lo más preocupante es que socialmente esto suele verse como algo admirable. Escuchamos frases como “qué fuerte eres”, “qué responsable”, “siempre estás para todos”, pero pocas veces alguien pregunta quién sostiene a quien siempre sostiene a los demás.

Y el cuerpo termina hablando. Habla con ansiedad, insomnio, irritabilidad, agotamiento o desconexión emocional, porque muchas veces el cuerpo expresa lo que la persona nunca se permitió sentir.

Quizá por eso vale la pena cuestionarnos algo importante: ¿quién nos enseñó que descansar era algo que había que merecer? Porque el descanso no es un premio por productividad, es una necesidad humana. Descansar no te hace flojo. Necesitar ayuda no te hace débil. Y no poder con todo no te hace menos valioso.

Tal vez sanar también implica dejar de vivir como si fuéramos máquinas y empezar a tratarnos con más humanidad. Porque incluso las personas más fuertes se cansan. Y quizá la verdadera pregunta no es cuánto produces, sino ¿qué parte de ti cree que sólo merece amor cuando está agotándose por los demás?

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