LAGUNA DE VOCES
El mes abril tiene algo de trágico, de tristeza, pero, ahora que empiezo a comprenderlo, una conexión directa de toda mi familia con ese lugar donde habitan nuestros difuntos; porque en el cuarto mes de hace tantos años, se fue mamá, luego papá, después un hermano que era médico de los que amaban su profesión. Le siguió Beto, que además de comprender el dolor humano, escribía poesías hermosas, plenas de los recuerdos del campo a donde iba como acompañante de padre.
Así que ha sido mucho dolor en bastante tiempo, pero hoy que es el Día del Niño, puedo estar seguro de que siempre conservaron esa capacidad de esperanza, de inocencia, para ver lo mejor de las personas, cuando está tan de moda hacer lo contrario y lastimar a quien se tenga a tiro de piedra, en el anonimato de las pantallas parpadeantes.
Uno siempre aprende de los padres y los hermanos, y de Toño, que era doctor, me animo a verlo cuando niño, compañía de mamá en la venta de ropa de pueblo en pueblo, con su libreta donde anotaba lo que les debían, lo que les pagaban. Después en la apostólica, cuando era el único pase real para continuar los estudios, si la primaria solo llegaba hasta el tercero en la escuela de San Miguel.
Así que también como casi todos mis hermanos, estuvo en el Seminario, en este caso el menor hasta la secundaria, cuando llegó a la Ciudad de México e ingresó a la Preparatoria 7 de la UNAM. Hoy, en el Día del Niño, evoco al médico que gustaba de la escritura, que estaba seguro de la posibilidad de que toda una sociedad cambiara, si parte del amor entrañable por sus semejantes. Se fue hace cinco años, un 27 de abril, y estoy seguro que a partir de su vida, ha sido posible entender que el amor, la palabra como elemento de creación al decir “te amo”, cambió para siempre mi forma de caminar cada 24 horas por la ruta de la existencia.
De tal modo que abril, lejos de traer el dolor por la pérdida, hoy veo que llega a su cierre con el festejo de todos los niños que son, que fueron, y que me hace ver como nunca el parecido de Beto y Toño, en la certeza de que todavía es posible que, a partir del corazón, se arregle todo lo que hoy parece asunto perdido en el mundo, en nuestro país.
Porque la ruta del corazón, del amor, es la que lleva consuelo a tantos que sufren hoy mismo, en el indignante de mundo donde niños y niñas padecen sufrimiento y tristeza. A ellos debe ir dirigida nuestra vida, porque salvar a uno solo es salvar a la humanidad.
Abril es el mes que por tradición trae pérdidas en algunas familias, pero hoy estoy seguro que cada vez que el cuarto mes del año arribe, estaré cierto que en la evocación de las palabras de cada familiar que se ha ido, en su absoluta vocación por creer en el amor de las personas, es todavía tiempo de aspirar a una mejor sociedad en México y el mundo. Así que celebro a cada uno de mis difuntos, porque han construido un recuerdo único en los que todavía seguimos por estas tierras, hoy benditas, únicas, porque finalmente nos hacen entender el valor real de la esperanza, de la fe otorgada por Dios, para que el andar sea menos de tristeza, y más de alegría.
Felicidades a todos los que son niños, y a los que alguna vez lo fueron.
Mil gracias, hasta el próximo lunes.




