EDITORIAL

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Las heridas sanarán, cuando la pelota vuelva a rodar en las calles 

Hoy es un lunes diferente. Sí, la participación de México en el Mundial de fútbol, fue única, pero cuando el sueño termina, es fundamental agradecernos haber tenido las ilusiones que hace que germine la esperanza. Pero también, la voluntad de regresar a la realidad, la de lo cotidiano, y lo cotidiano, sabemos, es la vida real.

Esa rutina que regresa no borra la pasión, sino que la resguarda. Como decía Juan Villoro, «el fútbol es el único territorio donde el futuro se planea con felicidad absoluta, aunque termine en desilusión». Esta aparente derrota no es un destino final, sino la pausa necesaria para volver a creer con fervor en la camiseta nacional.

El aficionado mexicano conoce el arte de la resistencia, encontrando en el juego un espejo de su identidad. Eduardo Galeano nos recordaba que «el fútbol sigue queriendo ser alegría, una fiesta que pertenece a quienes la viven». Esa alegría popular no se destruye con un marcador adverso, se guarda para el siguiente ciclo.

Así, aunque el silbatazo final nos devuelva a los deberes cotidianos, el corazón futbolero ya traza el camino del regreso. Las heridas sanan rápido cuando la pelota vuelve a rodar en las calles. Ser un verdadero aficionado es abrazar la hermosa certeza de que el fútbol siempre concede una revancha para volver a empezar.

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