PEDAZOS DE VIDA
Y al final, después de haber creado todo, el Dios todopoderoso se borró a sí mismo para renacer en cada hombre y en cada mujer, en cada ser y en cada organismo vivo. Así logró tener el control total de la creación. ¿Qué sucede cuando algo malo ocurre? ¿Seguirá siendo parte del plan perfecto de Dios, o estará metiendo su cola el Diablo? Esas interrogantes la persiguieron hasta el final.
El problema para la hermana Rigo radicaba en una delgada línea que según ella podía confundir a cualquiera, pero que no debería convertirse en una espina que causa dolor con su pinchazo en el corazón a quien se ha entregado en pensamiento y alma al Señor. Entonces el problema no era la pregunta en sí, sino la forma en que llegó a ella.
Cuando Rigoberta salió de su comunidad, pensó que en la congregación de las Hermanas de la Caridad estaría mejor. Aunque en su pecho había fervor a Dios, la idea de marcharse del pueblo, evitar ser vendida y tener la comida asegurada fueron motivos suficientes para comenzar su postulantado.
Su padre murió a manos de los matones del cacique, y su madre estaba contenta con la decisión. Sabía, dentro de todo, que no se puede estar mejor que en los brazos de Dios, en su casa y en oración, además de que veía en esta situación la posibilidad de estar más cerca del cielo, ya que tener una hija monja seguramente contaría mucho.
La vida en congregación no fue fácil, aún así, realizó sus estudios y cumplió con los quehaceres que le asignaban. A pesar de ser una casa de monjas, la envidia, la avaricia, el enojo y la violencia pasiva eran el pan de cada día. La soberbia de ser mayor y ver por debajo a las jóvenes, el abuso del poder y otras cualidades hacían que Rigo no perdiera de vista nunca que antes que monjas sus hermanas eran mujeres, de carne y hueso, con más defectos que virtudes. Aún así, nada de lo ahí vivido se comparaba con los horrores del pueblo, de la sierra, del monte, allá donde no hay más ley que la que se impone a plomo.
En más de diez años, vio de todo. Lloró por la renuncia de algunas de sus hermanas, supo de historias de amor más allá de lo filial, y se cuestionó una y otra vez su propia permanencia, a veces la presión de la estructura la dejaba sin aire; sin embargo, el contacto con la gente, la revelación de su madre en cada una de las mujeres a las que de alguna forma podía ayudar, hacían que en cada misa de siete, volcara sus ojos hacia Jesús, contemplara sus heridas, su corona de espinas y se convenciera de que había dolores más grandes que los que ella experimentaba.
“Dios mío, Dios mío”, sin agregar nada más, eran las palabras que salían de su boca o que resonaban en su mente cada vez que necesitaba respuesta, que invocaba al consuelo — como cuando se enteró de la muerte de su madre—. Esa frase fue también un candado para evitar el vómito de palabras que duelen a los demás.
Al mirar hacia lo alto de la pared, el crucifijo de madera la hizo llorar, quiso detenerse, pero era demasiado tarde. Trató de esconder su desnudez y recordó aquel pasaje en el que Dios le pregunta a Adán “¿Dónde estás?” Ahí estaba ella, tratando de esconderse, en medio de la culpa y el placer, entre sábanas de miedo y un amor que no había experimentado jamás.
Y se acurrucó, las flores y elogios fluyeron con los besos que recorrieron su cuerpo durante toda la noche. El clímax tenía un alto grado de pureza y toda la intensidad de quien presiente que está a punto de morir electrocutada. Entonces las preguntas se borraron, la culpa fue neblina que se marchó con las caricias del hombre que peleaba por un espacio en el corazón espinado.
La complicidad y el gusto se fusionaron para gestar los siguientes encuentros, lo que se convertiría en un secreto bien guardado fue una granada que estalló en la guerra del amor. Lo que sucedió con ella fue réplica de lo que vivieron otras. Había una explicación para que, en el armario, hubiera un cajón escondido en el que se guardaban el pecado y los condones, existía esa inquietud que ahora se desvelaba en su razón y coronaba con espinas el pecho que estaba por reventar.
El rechazo, el cambio de actitud y la nueva residencia acortaron la mecha del explosivo detonado en la confesión. El sacerdote consejero de Rigoberta no solo supo lo que había sucedido en aquellas noches, los eslabones se unieron para dar forma a la cadena del pecado, el juicio y el señalamiento. Hubo una ruptura en el secreto de confesión y pronto el escándalo se hizo presente en la congregación. La Madre Superiora se encargó de “poner orden”.
La vergüenza, el pecado, el reproche por todo lo dado, se hicieron presentes en el comedor. Esa mesa larga que se parecía a la del cuadro de la Última Cena y que nunca había sido utilizada con la bondad que predicó Jesús, ahora era la que generaba la atmósfera de un juicio que debió hacerse a puerta cerrada y no con la idea de “educar con el ejemplo” a las demás.
La hermana Rigo había caído, y muy bajo. Mientras aquello se discutía y algunas trataban de consolarla, del otro lado las cabezas se movían en señal de desaprobación; sin embargo, para más de una, esta situación era escandalosa pero no ajena. Comenzaba a percibirse como un caso más de abuso de poder, violencia y complicidad.
La hermana había caído en pecado y había hecho caer al hombre. No importaba que todo apuntara a que no era la primera vez que el consagrado para el ministerio sacerdotal celebraba misa con las manos cubiertas por un pecado capital, ni que tuviera un poder muy superior al de la hermana de la caridad.
¿Qué sucede cuando algo malo ocurre?… No hubo respuesta. No hubo escándalo, solo amenazas. Al hermano Mateo lo cambiaron de parroquia; terminó allá donde nadie lo conocía. Ella, en cambio, fue corrida de la congregación, sin más. ¿Qué hace una monja expulsada, sin familia y sin hogar?




