LAGUNA DE VOCES
Ya es julio. Tiene razón quien haya dicho que uno es el que apura el paso del tiempo, cuando urge salir de momentos complicados, como cuando la pandemia del COVID-19, cuando todos soñábamos con despertarnos un día, y descubrir que habían pasado dos años y la enfermedad era cosa del pasado. En un instante perdimos más de 24 meses, entre el miedo y la muerte de seres queridos.
Ahora es similar pero no para todos. Sí en cambio los que han pausado todo, absolutamente todo -casi medio año- por la falta de dinero, el maldito dinero que nada vale según la canción, pero que cuando no se aparece por ningún lado, nos hace invocar al altísimo para encomendar nuestra alma, tal cual recomendaba el celebérrimo Kalimán, El Hombre Increíble. El pequeño problema es que nadie ha logrado adquirir los poderes del citado personaje, y por lo tanto el único remedio es desear con absoluta esperanza, que las horas, los días y los meses, duren lo que un segundo, una hora o un día.
Tal vez, pese a toda la desconfianza que nos tenemos en eso de la concentración y el poder de la mente, que dice el susodicho, si uno la domina, domina todo; tal vez, lo hayamos logrado y ni cuenta nos hayamos dado.
Porque es curioso si se quiere, pero a mayor preocupación, suele pasar que lleguemos a la segunda mitad del 2026 sin sentirlo, solo con la justa invocación al cielo para que no vayamos a partir de este mundo antes de tiempo.
Recuerde y verá que puede ser cierto.
Si ha tenido tan terribles rachas, que incluso la enfermedad lo ha asaltado de improviso con un pie en el más allá, usted sabrá que sobrevivió seguramente, pero de principio desconocerá cuánto tiempo estuvo al borde de la muerte, y solo mirará a que se sucedan los meses y llegue el fin de año, para exclamar justamente eso: ¡ya llegué al año nuevo!
Por eso no es mentira si le digo que apenas volteamos la cabeza para mirar la ruta tomada, cuando ya nos topamos con julio, el primer mes de los últimos seis de este 26, y si queremos recordar, solo guardaremos en la memoria que sobrevivimos, a la vida y a las deudas, y por lo tanto a la tristeza y a la desesperación.
Celebro a los que todavía, a estas alturas, se avientan la puntada de decir que el dinero no es la vida, es tan solo vanidad, en memoria de la canción, porque lo hacen cuando ese problema dejó de serlo hace mucho, muchísimo tiempo para ellos. Así ni chiste.
Pero para el que está en el trance de pensar que tal vez todo, absolutamente todo se ha perdido, es otro cuento.
Para esos muchos que les ha ido como en feria durante este 2026, es imposible ofrecer consuelo, porque eso solo llegaría con préstamos que alejen a los malandrines del “gota a gota”, que luego le duplican la deuda y luego quieren ponerle una madrina si no les firma que, por 50 mil pesos, cede su casa, su auto o lo que tenga.
Como quiera ya brincamos la mitad del camino, y aunque ni cuenta nos hayamos dado, vamos por menos en este difícil arte de esquivar acreedores, despreciar los “planes” que ofrecen los de las tarjetas, y un día sorprendernos cuando nos hablan y dicen que con una cantidad “representativa”, nos perdonan lo demás, pero eso sí, boletinarán nuestro nombre al Buró de Crédito, y ya no seremos sujetos de nada, como no sea de desprecio.
Pero ya estamos en julio, y como dijo el que dijo: “mientras haya vida, hay esperanza”, aunque la verdad desconozco esperanza en qué, en quién.
Mil gracias, hasta mañana.



