RETRATOS HABLADOS
César Vallejo, el poeta peruano de Los Heraldos Negros, también era un excelente narrador, pero, sobre todo, llevaba en el corazón un sentimiento pleno, absolutamente solidario con el pueblo de Latinoamérica, desde entonces, desde siempre, a mercede de un imperio como el norteamericano, jamás harto de expoliar sus riquezas naturales, por desgracia, siempre, ante una actitud de mansedumbre de sus habitantes.
“Paco Yunque”, es un cuento que resume esa condición, porque su concusión es que la única posibilidad para el niño moreno que es presa de los abusos del compañero de salón, rico y rubio, al final solo podrá tener una respuesta: el llanto de quien no puede, o no quiere rebelarse contra el que eternamente le quitará lo poco que tenga, le pondrá en ridículo, lo tratara como sirviente.
Deseo sinceramente que el discurso pronunciado ayer por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la Revolución, permita empezar a enterrar para siempre esa historia que pareciera nuestro destino miserable, y que no tenga otro motivo que resarcir la dignidad del país, ante un nuevo abusón, mucho más miserable que el texto de Vallejo, aunque eso sí, regordete, rubio, enfermo de poder y de nula sensibilidad humana.
Quiero creer que bajo ninguna circunstancia se pretende proteger o defender a sinvergüenzas como el hoy ex gobernador de Sinaloa, a un senador escondido de la misma calaña, y tantos otros que se mencionan cotidianamente por su muy probable relación con la delincuencia organizada.
Intento ver, a lo mejor con suma inocencia, que si algo deben estos probabilísticos delincuentes, irán a parar a la cárcel y, en su caso, embarcados en un avión para ser entregados a los gringos, pero sin la constante de que aquí se va a hacer lo que ordene el buleador mayor Trump, y que sabrá que no es patrón en tierra ajena, que un ciento de políticos criminales no definen a una sociedad como la mexicana, y que no somos patio trasero.
Recordemos que, en Paco Yunque, Vallejo retrata la crudeza del sometimiento humillante a través de la complicidad institucional:
«Humberto Grieve le pegaba a Paco Yunque porque era un niño rico y Paco Yunque un niño pobre… El maestro no decía nada, porque el papá de Humberto era el señor de la casa y tenía mucha plata».
Esa microhistoria de opresión infantil no es más que la alegoría de nuestras naciones frente al gigante del norte, un ejemplo de la asimetría geopolítica que el imperio ha pretendido eternizar. Pero Vallejo no marchó solo en esa trinchera literaria de denuncia. Eduardo Galeano, en Las venas abiertas de América Latina, desnudó con precisión quirúrgica ese mismo mecanismo de despojo: «Nuestra comarca permanece en el mundo al servicio de las necesidades ajenas, como fuente y reserva del petróleo y el hierro, el cobre y la carne, las frutas y el café, las materias primas y los alimentos con destino a los países ricos que ganan, consumiéndolos, mucho más de lo que América Latina gana produciéndolos».
Asimismo, el cubano José Martí, visionario indiscutible, advirtió tempranamente en Nuestra América el peligro insaciable del vecino del norte, llamando a despertar ante la acechanza de un imperio que históricamente nos ha mirado por encima del hombro.
Surgida de este trasfondo de agravios históricos, emerge una interrogante crucial para el México contemporáneo: ¿Es posible levantar la voz para exigir el respeto a nuestra soberanía sin que esto se confunda con un manto de impunidad para proteger a los políticos coludidos con el narcotráfico?
La respuesta debe ser un rotundo sí. La soberanía no pertenece a una clase política podrida ni a gobernantes bajo sospecha; la soberanía es del pueblo. Exigir que Washington respete nuestras fronteras y nuestras leyes no significa, bajo ninguna circunstancia, justificar o defender a los criminales de cuello blanco que entregaron el país a las mafias. Blindar la patria frente al intervencionismo extranjero jamás debe ser el equivalente a otorgarle amnistía a los traidores domésticos que convirtieron sus estados en feudos del crimen organizado.
La opción para México, bajo ningún concepto, puede ser el entreguismo abyecto ni la sumisión voluntaria. No podemos emular el lamentable espejo de la Argentina actual, donde su presidente se ha convertido voluntariamente en el sirviente de Donald Trump, aplaudiendo políticas que asfixian a su propia región y arrodillándose ante los dictados de Washington a cambio de migajas de validación internacional. México tiene una historia demasiado grande y digna como para aceptar el papel de lacayo.
La dignidad de una nación está por encima de todo interés partidista o coyuntura electoral. Es un valor innegociable. Por ello, los cínicos políticos mexicanos que le deben explicaciones a la justicia, aquellos que pactaron con el narco a espaldas de la gente, la van a pagar. No deben llamarse a engaño ni caer en la soberbia de creer que la defensa del Estado se hace para cuidarlos, solaparlos o defenderlos a ellos.
La justicia social y penal llegará, porque un pueblo consciente sabe distinguir entre el resguardo de su orgullo nacional y la impostergable limpieza de su propia casa. Los criminales pagarán sus deudas, mientras la patria mantendrá la frente en alto, libre de patrones y de sirvientes.
Al menos, eso es lo que quiero, lo que deseo creer, con todo y que ninguna realidad se construye de buenos deseos.
Mil gracias, hasta mañana.




