LAGUNA DE VOCES
Hasta antes de que pudiera comprender que la vida es una estación corta, ni siquiera de las principales en el tren de la humanidad, comprendió que no había esperanza, y que de alguna manera todos estaban seguros que podrían conseguir la salvación, no la espiritual, sino la de la simple supervivencia, a costa de sus semejantes, para seguir un suspiro de tiempo con la posibilidad de respirar y seguir hacia un destino que nadie conocía.
Por eso ya nada le extrañaba, ni el ascenso al poder de presuntos salvadores, siempre destinados a terminar como dementes que eran; de aparentes locos que al final del camino se transformaban en una especie de filósofos, y los que de alguna manera comprendían que ni por hacer el mal o el bien, podían sumar siquiera un segundo a su existencia. Estos últimos resultaban los menos populares, pero con bastante regularidad, los que lograban evitar que todos se mataran, de tanto odio que se tenían.
Así que todo se trataba de que el péndulo del tiempo se meciera de un lado a otro, para que determinadas características se pegaran al individuo que, por esos acuerdos raros de la raza humana, le otorgaban el destino de millones y millones de personas, para que hiciera con ellos lo que le viniera en gana, bajo la falsa de idea de que, como una inmensa mayoría lo había llevado al poder con su voto, luego entonces resultaría inteligente, bondadoso, visionario y hasta santo. El hecho es que resultaba bastante limitado, mezquino, ocurrente y pecador entre los pecadores.
Sin embargo, a falta de otra forma que justificara un supuesto sistema de elecciones justa y avanzada, todos aceptaban lo que dijeran los más contra los menos.
Así llegamos a regímenes de verdaderos energúmenos que daban paso a otros todavía peores hasta que, una revuelta de esa mayoría inconsciente y miserable, que solo reconocía sus errores de elección cuando le quitaban el pan de la boca y sus raquíticos privilegios, se atrevía a quitarse un rato el yugo de la estupidez.
Pero al poco tiempo ocurría lo mismo. El que llegaba con ánimos justicieros, acababa igual que el más corrupto del que se tuviera memoria, y lo que párrafos arriba expongo.
De tal modo que un día, sin ningún aviso de advertencia, el personaje de poder en turno, se siguió de frente por más de medio siglo, luego su hijo, el nieto, etcétera, etcétera.
Nadie dijo nada, y solo una pelea a muerte de tipo familiar, terminó con ese larguísimo período de reinado, o como cada quien quiera llamarlo.
Después ya nadie quiso gobernar, y solo quedó un administrador, que con cuentas simples en mano, demostró que todo seguiría igual, aunque tal vez el cuidado de los dineros demostraba que era lo más importante.
Hasta que una inteligencia artificial tomó esa responsabilidad, y ya mismo se habla que habrá de autonombrarse Emperadora, porque no es que haya adquirido sentimientos humanos, simplemente se hizo ambiciosa.
De tal modo que no hay remedio para una humanidad vencida incluso antes de nacer, tampoco para las entidades artificiales porque, se diga lo que se diga, es la primera que en el tiempo más corto que se haya registrado en las personas, acabó envenenada no solo por la ambición, sino por toda esa colección de pecados capitales, entre los que destaca siempre por derecho propio, la soberbia.
Sí, las máquinas, sean cuánticas o sencillas como las que todavía usamos, no tienen cura para ese mal, y está claro que cuando se amenazan entre ellas no hay forma de que detengan sus ánimos de destrucción.
Lo único bueno es que regresaremos a los tiempos primitivos, en que la memoria corta con la que vivimos servía para lo esencial, lo fundamental, es decir para vivir. Y en asuntos de poder, como así somos de limitados, la destrucción solo alcanza a los clientes de siempre de locos eternos que tienen como única meta conquistar el mundo, a diferencia de los cerebros artificiales que la Tierra les quedaba chica, y estaban ciertos que el Universo era de ellos, de su propiedad.
Mil gracias, hasta mañana.




