TLAMATINI
“Un USB”
Me doy cuenta de que me han cambiado el cable USB en el preciso instante en que intento conectar el celular al coche. Quedo desconcertado. Lo primero que cruza por mi mente es que tal vez la última actualización del teléfono lo volvió incompatible con el auto; luego recapacito y sé que eso no afecta en nada. Insisto una y otra vez hasta que caigo en la cuenta: esto ya me había pasado antes.
Reviso el cable con atención, lo palpo, lo observo a detalle. Es genérico. No es el original. Por alguna razón, mi celular rechaza copias baratas y no me queda de otra que gastar en uno auténtico. Un negocio redondo para ellos y una pequeña estafa cotidiana para mi bolsillo.
El trueque silencioso imagino que ocurrió mientras dejé el coche en el servicio de agencia. Si es así, ¿cómo es posible que una supuesta empresa formal se preste a estas bajezas? Me cuestiono. Pero trago saliva, apago el enojo y redacto un mensaje para reportarlo.
—Hemos avisado a nuestros compañeros —me responden—. Le pedimos que pase al taller para que lo atiendan personalmente.
En mis adentros imagino la escena de ir a poner la queja y me da una pereza infinita. Ya escucho su cantaleta: “No, joven, aquí esas cosas no pasan”, “tenga, si quiere le damos para que se compre uno”, “venir a este lugar para reclamar solo por un cable, pinche mamón” o peor aún, verme obligado a rellenar formularios inútiles. Nuevamente me siento enojado.
El cable no cuesta más de seiscientos pesos. No es el dinero lo que me revuelve las tripas, ni la sensación de haber sido asaltado por la espalda. Lo que me enfurece es cómo este miserable detalle me arrebata la confianza y la seguridad sobre algo tan íntimo como el coche, ese espacio que uno asume como propio. Me indigna la impunidad con la que alguien se metió, estiró la mano, se apropió del cable con total desparpajo y asumió que aquí no pasa nada. Me enoja más la sospecha de que, si reclamo, no solo me saldrán con evasivas, sino que terminaré sintiéndome disociado por no tener pruebas irrefutables de que el robo ocurrió entre sus paredes.
Siento la garganta y el pecho calientes, la mandíbula tensa y las sienes al límite. Fastidia esa certeza de que quieren verme la cara y, encima, se burlen con la tranquilidad de saberse impunes.
Aquí es donde Martin Heidegger ilumina las cosas con su lectura de nuestro trato cotidiano con los objetos. Cuando uso el cable USB todos los días, ese cable simplemente desaparece de mi conciencia; lo manejo de forma inmediata, sin reparar en su existencia. Es lo que Heidegger llama estar «a la mano» (zu Händen): el cable opera como una extensión transparente de nuestro hacer.
Lo fascinante ocurre cuando esa transparencia se rompe, cuando el objeto falla o es sustraído. En el momento de la avería o del robo silencioso, el artefacto deja de ser invisible y se convierte en un problema molesto que se hace presente de golpe (vorhanden), obligándome a detenerme y a confrontar la intromisión grotesca del mundo exterior en mi rutina.
Lo curioso de todo esto es que, aun con el coraje a cuestas, logro hilar el pensamiento heideggeriano. En fin, nos vemos el próximo viernes. Debo ir a consumir y asumir una existencia impropia engranándome en este sistema neoliberal donde, si no llevo música sonando en el coche para sobrellevar el viaje, siento que ni siquiera podré rendir adecuadamente en el trabajo. Hasta pronto.


