LAGUNA DE VOCES
Apenas lo vi de lejos cuando estaba a punto de estrellarse de cara contra el suelo del parque, junto al área donde dan clases para tocar tambores. Un muchacho lo salvó de reventarse la nariz, pero ya no tenía remedio y todos, incluidos dos hombres y una mujer jóvenes, muy jóvenes, empezaron a presentirlo, aunque estaban seguros que uno de ellos sería el primero en irse, en dar sentido a su militancia en el Escuadrón de la Muerte.
Hoy el señor que lanzaba alaridos por el dolor que le producía tanto rodar en la vida ya sin sentido, sin rendija alguna de esperanza, que es la única que puede salvar a quien decide morir en cualquier lugar, a cualquier hora y con el alma inundada de alcohol, finalmente murió. El parque estaba lleno de charcos cuando empezó su agonía; ya arreciaba el frío de un invierno que quiere adelantarse en tiempos tan raros que no guardan siquiera la apariencia del otoño.
Los únicos deudos reales eran los muchachos que cada noche lucen el cuerpo lleno de golpes, del inmisericorde trato que a veces, no siempre, la vida decide darles a unos cuantos, a lo mejor elegidos, o simplemente olvidados de una sociedad que desde hace mucho ha preferido guardar distancia de todo, hasta de la tristeza, porque hoy ya nadie sabe si por ayudar, así dicen, será parte de una larguísima lista de difuntos a los que dejaron en esa calidad por quién sabe qué razón.
Todos nos preguntamos lo mismo: ¿tendría familia? ¿Por qué lo dejaron solo, por qué se tiene que morir tirado en medio del agua, junto a unos botes de basura y con tanto, tanto dolor?
No, no tenía familia a estas alturas, y miserable sería encajar a sus hermanos, sus hijos, lo sucedido. Porque un enfermo de alcoholismo, con bastante regularidad, crea a paso lento pero definitivo, el infierno en que hunde a sus más cercanos y finalmente se tira de cabeza con la urgente necesidad de desaparecer, de hacerse nada.
Si así fuera de fácil, seguramente habría tenido una muerte menos plagada de gritos, de agonías, porque son muchas las que debió haber pasado. Pero no, no es ni fue así de fácil, y por eso estaba solo, sin que nada ni nadie pudiera hacer algo, porque no quería vivir, no debía seguir con tanto, tantísimo dolor, y marchar, partir, era, sin duda, la mejor alternativa.
Claro está que cada quien tendrá la forma, la palabra, el alarido que pegará cuando sepa que ha llegado el momento. A lo mejor el llanto, la risa nerviosa, el silencio absoluto, el aguantarse no solo el dolor, sino el miedo, el mísero miedo de no saber hacia dónde conduce el último aliento, es decir cuando uno se muere.
El parque de la colonia donde vive mi hijo en Ciudad de México, allá por la Escandón, siempre me había parecido un lugar simple y sencillamente plácido, ajeno al ruido de tantas avenidas y calles que lo circundan. Pensaba que también era ajeno a muertes como la que hoy confirmé al ver la noticia en las redes. Pero es así, siempre ha sido así incluso en otros tiempos cuando esos lugares no dejaban pasar semana sin un difuntito, aunque eso sí, en pelea, no en batallas perdidas de antemano.
Es eso justamente, porque desde que lo vi rumbo al piso, y solo salvado por un muchacho que luego habló a la patrulla, a la ambulancia para que llegaran, lo miraran tirado en la acera y se fueran, porque en términos reales no se puede hacer nada por quien ha decidido apurar el camino con alcohol y más alcohol.
Siempre estamos seguros que a los condenados por ellos mismos a muerte, solo los puede salvar el amor, y creo que así es, aunque en muchos casos, no pocos, ni eso les funciona; y por eso gritan, sueltan alaridos en la noche que habrán de partir, porque se les desgarra el alma, se les parte en pedacitos y se va sin rumbo cuando deja el cuerpo. Un alma hecha pedazos no tiene buen rumbo, y eso lo descubren los que la ven escapar de un cuerpo mutilado, pero sobre un corazón sin rumbo, sin esperanza de nada.
Eso lo supe desde que lo vi cuando se derrumbaba rumbo al piso. Que se iba a morir. Que ya ni el amor lo salvaría. Y esa, es una de las tragedias más terribles en estos tiempos que nos ha tocado vivir.
Mil gracias, hasta mañana.


