¿Y si el problema es que todo está bien?

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DES-prográmate y Ámate 

Hay algo que observo mucho en consulta: a veces el problema no es que nuestra vida esté mal, sino que no sabemos qué hacer cuando está bien.

No hablo de una vida perfecta, hablo de esos momentos en los que no hay una pelea, una deuda, un pendiente urgente o una crisis que resolver y, aun así, el cuerpo permanece tenso. Revisamos el celular, buscamos algo que hacer o simplemente esperamos que ocurra algo malo. Como si la tranquilidad fuera sospechosa.

El 21 de septiembre se conmemoró el Día Internacional de la Paz. También existe una paz íntima: la que ocurre dentro de nosotros. Y para algunas personas, esa paz no se siente nada pacífica.

Si creciste en un ambiente impredecible, con gritos, conflictos o la sensación de tener que estar atento a todo, tu cuerpo pudo aprender que bajar la guardia era peligroso. El silencio quizá no significaba descanso, sino la antesala de algo que iba a pasar. Entonces, años después, cuando llega una relación tranquila, un trabajo estable o un día sin problemas, el sistema nervioso puede reaccionar como si faltara algo.

No porque estés roto, tu cuerpo utiliza un aprendizaje antiguo para protegerte. Tenemos un acelerador y un freno. El acelerador nos prepara para responder ante el peligro, el freno nos permite descansar. El problema aparece cuando pasamos tanto tiempo acelerados que la calma se vuelve desconocida.

Por eso la hipervigilancia puede aparecer como mandíbula apretada, hombros tensos, respiración corta, insomnio, cansancio, necesidad de control o culpa al descansar.

La buena noticia es que un cuerpo que aprendió alerta también puede aprender seguridad. Pero no suele hacerlo a fuerza de decirnos “relájate”. La seguridad necesita convertirse en experiencia.

Puedes empezar pequeño: treinta segundos de pausa, sentir los pies en el suelo y mirar alrededor. Respirar sin forzar, dejando que la exhalación sea un poco más larga que la inhalación. Repetirte: “Estoy aquí. Esto es ahora. No tengo que resolver todo hoy”.

También puedes permitirte aburrirte, no llenar cada silencio con el celular, pendientes o ruido. A veces el aburrimiento es el espacio que queda cuando dejamos de vivir en alerta.

Y están los límites. Decir que “no” a lo que te sobrepasa o aceptas por culpa, es una manera de enseñarle a tu cuerpo: “puedo cuidarme”.

Quizá valga la pena preguntarnos: ¿qué pasa en mi cuerpo cuando todo está bien? ¿Puedo disfrutar o espero que algo se arruine? ¿Qué me incomoda del descanso?

La paz no siempre llega sintiéndose como paz. Para un cuerpo acostumbrado a sobrevivir, puede sentirse como vacío, aburrimiento o ansiedad. Eso no significa que haya algo mal contigo: estás entrando en un territorio que quizá no has practicado.

La calma también se entrena, con experiencias pequeñas y repetidas de seguridad. No se trata de obligarte a estar tranquilo, sino de enseñarle a tu cuerpo que no tiene que vivir esperando el siguiente incendio.

Así que la próxima vez que todo esté bien y aparezca ese nudo en el pecho, en lugar de preguntarte ¿qué estará pasando?, prueba otra pregunta: ¿y si, por ahora, realmente estoy a salvo?

Tal vez la paz no te quede grande. Tal vez apenas estés aprendiendo a habitarla.

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