Pido la palabra
Legendaria frase de los tres mosqueteros que hoy tomo como referencia para hablar de la unión familiar; muchas ocasiones los parientes tardamos meses, incluso años, en volver a encontrarnos; es una enorme alegría ver nuevamente a aquellos que no solo forman parte de la familia, sino también de nuestra historia; la estirpe nos une, pero el corazón nos funde en un solo sentimiento.
Sin embargo, no en todos los casos es lo mismo, hay ocasiones que, incluso para los parientes más cercanos, prácticamente pasamos inadvertidos; causas hay muchas: malos entendidos, el alejamiento por causa del trabajo, pleitos de vecindad, y otros problemas que con el paso de los años ya no sabemos a ciencia cierta cuál era el motivo del distanciamiento; como quiera que sea, para algunos somos parientes incómodos.
Pero la solución siempre ha estado al alcance de las buenas voluntades, pues no obstante cualquier diferencia existente, intuimos que tarde o temprano la mano estará extendida, sobre todo cuando la desgracia nos ha cubierto con su manto; y es entonces cuando actuamos como una sola persona; la lamentable adversidad nos llega a unir, aunque sea temporalmente, pero por un momento olvidamos que cada loco tiene su propio tema.
Si la unidad fuese permanente otro gallo nos cantaría, las familias en verdad serían el centro de los valores; eternos cuando están bien arraigados, y no efímeros como sucede cuando hace presencia la simulación.
Un poco de buena voluntad es más que suficiente para que la intención se convierta en acción; voluntad que haría que la familia no fuese solo un grupo con el mismo apellido, sino un equipo de guerreros que se entienden y se apoyan en las buenas y en las malas.
Cada familia tiene sus momentos buenos y sus momentos malos, pero el sabor de la derrota sería menos amargo si todos los que formamos parte del mismo árbol genealógico entrecruzáramos nuestras ramas para sentir la desesperación de aquél que en ese momento le está tocando el lado oscuro de la vida, y arroparlo, primero con el afecto que solo los familiares podemos transmitir, pues a veces un simple abrazo ayuda y dice mucho de la persona que lo otorga; y después, apoyar con todo lo que esté a nuestro alcance, aunque a veces esa ayuda se despedace con la pared del orgullo.
Un poco de voluntad, solo un poco, y entonces, estoy seguro que cada familia será como los tres mosqueteros, en donde cada integrante del equipo será uno para todos y todos para uno.
Las palabras se las lleva el viento, pero mi pensamiento escrito está.


