Una obra para volver a encontrarnos

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LIBE-VISION 

Por: Dian Quintero

Actuar puede ser una forma de acercarse a los demás sin necesidad de conocer sus historias. Para Aletza Sánchez, cada personaje representa esa posibilidad: entrar en una emoción, reconocer algo propio y dejar que el espectador encuentre también un reflejo de sí mismo. Su trabajo parte de una búsqueda sencilla, pero exigente: que aquello que sucede sobre el escenario consiga sentirse verdadero.

Ale entiende la actuación como un ejercicio de empatía. No le interesa únicamente interpretar a alguien distinto, sino descubrir qué parte de una experiencia humana puede reconocer el espectador en aquello que sucede frente a sus ojos. Amor, familia, dolor, duelo y esperanza aparecen una y otra vez en sus personajes porque, para ella, una historia no termina de existir hasta que consigue provocar algo en quien la observa. 

Esa búsqueda también explica su manera de construir personajes. Su formación proviene, sobre todo, de la práctica escénica y audiovisual, después de pasar por la academia De Cero a Actor. Desde entonces, su camino ha encontrado distintas formas de expresión: teatro, cortometrajes, monólogos y pequeñas piezas audiovisuales que ella misma escribe e interpreta. Esa participación en cada etapa de sus proyectos le ha permitido construir un lenguaje propio. 

Entre sus proyectos más recientes está Los No Actores, un colectivo pensado para quienes alguna vez tuvieron que dejar sus sueños en pausa y, pese a ello, conservan la terquedad suficiente para volver a buscarlos. No está destinado únicamente a intérpretes: también abre sus puertas a quienes deseen compartir su música, su danza o cualquier otra forma de expresión. En esa idea existe algo profundamente esperanzador; la posibilidad de que una vocación no desaparezca solo porque la vida obligó a postergarla.

Dentro de este proyecto, en conjunto con Segundo Acto, aparece Pacamambo. La obra tiene para la actriz un significado que rebasa el escenario. Fue una de las piezas favoritas de su abuelita, quien durante años ocupó un lugar fundamental en su camino artístico. Era la primera en comprar un boleto, la primera en preguntar cuándo volvería al teatro y también quien se sentaba frente al televisor para verla. Su apoyo estaba presente en esos pequeños gestos que, con el tiempo, adquieren un peso enorme.

Ahora que ella ya no está, Aletza eligió regresar a una de sus historias favoritas. No encontró otra manera de agradecerle todo lo que hizo por su carrera que continuar con aquello que más ama. Así, Pacamambo dejó de ser solamente una obra para convertirse en una especie de carta. Una forma de decirle gracias sin necesidad de pronunciar la palabra. No promete respuestas para el dolor; ofrece compañía. Un espacio donde alguien pueda reconocer su propia tristeza y, por un momento, sentirse comprendido.

Su trayectoria ya había recorrido historias como Todas las cosas maravillosas, Hoy no, tal vez mañana, Paisajes de un amor pixelado y ¿Qué es el amor?, además de otros trabajos teatrales y audiovisuales. En cada proyecto aparece la misma preocupación: encontrar emociones reales detrás de los personajes y conseguir que aquello que ella siente también alcance a quien está del otro lado. 

Ahora el teatro le permite mirar su propia historia desde otro sitio. La pérdida sigue allí, pero junto a ella también permanece todo lo que su abuelita sembró en su camino: el impulso para subir a un escenario, la emoción de verla actuar y la certeza de que aquello que hace importa. Pacamambo será entonces más que una representación; será una manera de llevar ese cariño hacia adelante.

Y cuando termine la función, cuando el telón cierre y las luces dejen de tocar el escenario, Aletza habrá hecho algo más que contar una historia sobre el duelo. Habrá convertido el amor recibido en una historia capaz de llegar a otros. Porque algunas formas de cariño no necesitan quedarse intactas para seguir a nuestro lado: basta con darles una nueva voz.

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