UN ADULTO RESPONSABLE
“Por su amor, has hecho cosas
que jamás harías por mí”
Si tu amor no vuelve – La Arrolladora Banda El Limón
El domingo escuché en misa la “Parábola del Hijo Pródigo”, quizá uno de los pasajes de la Biblia que más me hace reflexionar, porque hay un tema con el hijo mayor con el que me identifico. Para aquellos que no conocen el texto, se puede resumir fácilmente en una pregunta: ¿realmente estamos contentos con el crecimiento personal de las personas que “decimos” querer o solo los apoyamos cuando estos avances nos benefician de alguna forma? Vienen a mi mente un par de casos, que expongo a continuación, aunque son reales no pongo los nombres para que no haya problemas.
Resulta que hay una muchacha que terminó hace un par de años con su novio, no por una infidelidad, simplemente ya no se entendían y se dejaron tras tres años de relación. De forma amistosa, pero con contacto cero. Ambos siguieron con su vida, con sus respectivos altibajos, pero ahora que ella se enteró que él se va a casar, comenzó a seguirle la pista nuevamente, enterándose que cambió radicalmente: dejó de beber, comenzó una vida más saludable en general y no solo eso, su carácter también se modificó (es difícil decir si para bien o para mal, simplemente lo hizo). Él se va a casar y ella no puede creer lo mucho que “mejoró” y en lugar de alegrarse, sintió un nudo en la garganta y otro en el estómago. Ella se sintió furiosa, ¿por qué? Ni ella misma lo sabe, simplemente se pregunta todavía, ¿por qué conmigo no lo hizo?
En el otro ejemplo tenemos a una mamá como protagonista, su hija y ella no se entendían, nunca lo hicieron al 100 por ciento. Tenían unos buenos pasajes y fueron felices por momentos, pero nunca se llevaron de “piquete de ombligo” como ella creía que deberían hacerlo. Su “retoño” siempre dijo que no importaba, que nunca iban a pensar igual. Un día, su hija se fue porque le ofrecieron un trabajo en otro estado, entonces pasaron los años y cuando se dio cuenta, la mamá se convirtió en abuela. Hoy, cada que convive con su nieta adolescente, se da cuenta de la increíble relación que tiene con su mamá. La que ella siempre quiso y su hija “no fue capaz” de darle. La ahora abuela no dice nada, pero siente un dolor profundo en su corazón.
Yo entiendo que cuando nos sentimos traicionados o humillados, simplemente dejamos de querer a la gente con el tiempo, dejamos de tenerles cariño y, por supuesto, de demostrarlo. Pero, ¿qué pasa cuando el daño no nos lo hacen a nosotros directamente? ¿Qué pasa cuando las personas “crecen” pero “ya no están con nosotros”? ¿Será normal pensar “por qué conmigo no”?
Tal vez sea hora de evolucionar, de dejar de “castigarnos” con sentimientos de egoísmo y de envidia. Quizá convenga reconocer que muchas veces, como dice aquella canción, solo somos “un escalón importante en tu felicidad”.
A lo mejor ser “el o la” del proceso no es tan malo, simplemente es lo que nos tocó vivir y al final es una bendición no estar con la persona que esperó a perderte para comenzar a tomar “las riendas de su vida”.
Quizá… o quizá es lo contrario y deberíamos guardar rencor, dejar que los celos o “la ardidez” se apoderen de nosotros y seguir pensando que las personas son de nuestra pertenencia y sus acciones siempre son para molestarnos. Quizá.
Nota: Recomiendo la película “Paraíso”. Es mexicana y habla acerca del tema que expuse.