Espejos de la realidad
La guarda donde pueda, en el bolsillo del pecho de su saco, ese que apenas estrenó el martes pasado, porque de acuerdo con su calendarización, no importaba que lo tuviera desde hacía dos años. Aún no lo marcaba.
También he visto guardarla en su cartera de cuero descarapelada negra, al lado de las fotos de una mujer con el rostro más lindo de cabello de nube.
Cuando anda en apuros, se le hace más fácil pulverizarla y ponerla en su licuado, que en realidad no es de él, se la recomendó un cuñado. La tiene guardada en su app de notas, que dice:
LICUADO C.
Una manzana
6 nueces
6 almendras
4 de avena
1 plátano
Vaso de leche
También la guarda en unos tenis azul con amarillo que compró en Disney. Yo no los recuerdo nuevos. Los cordones ya no son los mismos, la suela tampoco. Todos le dijeron que ya los jubilara, reticente, los guardó en el clóset de una casa grande.
Durante muchos años la guardó en Beto.
Cuando se le perdía, que era casi siempre, sabía que si le marcaba, él le hablaría del pescador que le puso a su barco el nombre “Juan Salvador y Gaviota”, le contaría que cuando de niño y bajo la mirada de mamá jugaba al trompo y a los baleros. Tenía la certeza absoluta de que el viento no borraba las historias ni los llanos, ni el silencio de las campanas ni los campos que no daban trigo.
Beto murió.
Pensé entonces que la perdería.
Pero no.
Se le quedó aferrada bien adentro, todavía se le escapa, pero aprendió a cultivarla en los surcos de los maizales, en los árboles que se empeña en sembrar, en los libros que deja abiertos sobre el buró de su cama.
La reparte.
La deja entrar en sus cosas.
La esconde donde pueda y trata de no perderla.
Como hacen los niños con los tesoros.
Como hacen los pájaros con las semillas.
Como hacía Beto.



