Un bucle de tiempo para pelear por el poder

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RETRATOS HABLADOS

Alejarse, aunque sea unos días, del trabajo cotidiano en el ejercicio periodístico, sobre todo en el que tiene que ver con la publicación de trabajos de análisis político, hacen ver con dramático realismo, que vivimos inmersos en un bucle de tiempo, en el que todo, absolutamente todo, se repite con tal meticulosidad, que llega a preocupar si participar en este tinglado sin rumbo no ha deteriorado nuestra capacidad de discernimiento, de indignación, incluso de sorpresa por observar que simplemente no pasa nada en tiempos que se anuncian con grandes adjetivos, contundentes cambios.

El ejercicio del poder, de la política y su ciencia para conservarlo, ha derivado en la clasificación eterna de los que, por edad, se presentan como la única y real alternativa para airear los terrenos en que se pelean cargos de elección popular, en tanto a los que ya circulan en la vía de la edad provecta, simplemente se les mira con cierta ternura, nunca exenta de amable compasión.

  Un hecho fundamental es que, con el paso del tiempo, emerge una actitud reticente a todo y nada, por la sencilla razón de que los escenarios en que caminamos, y apostamos en ese bucle por el cambio absoluto, hoy denominada transformación, derivaron permanentemente en resultados que en definitiva no podemos saber si fueron positivos o negativos.

El filósofo y teórico en la materia, Michel Foucault, planteaba que la vocación fundamental de la política es perpetuar, si se quiere en un bucle, la lucha enconada con dos bandos eternos: los que buscan el poder, y los que pretenden conservarlo: «¿La política no es, en definitiva, la continuación de la guerra por otros medios? […] La política es la sanción y el mantenimiento del desequilibrio de fuerzas manifestado en la guerra. El poder político, en esta hipótesis, no tendría como función clausurar la guerra o instaurar la paz, sino reconducir perpetuamente la relación de fuerzas mediante una especie de guerra silenciosa».

Es decir, estamos en un ciclo sin fin, que lo mismo puede servir a la maquinaria del capitalismo global, que a la alternativa cada vez más depauperada del sueño de una sociedad sin clases, que permanentemente da origen a dictaduras lamentables en nuestro Continente.

Slavov Zizej, filósofo y psicoanalista esolveno, ha planteado en repetidas ocasiones una tesis que, en México, es guía fundamental de todo el ejercicio político, “cambiar, para que no cambie nada”: «La ilusión de la política actual es creer que estamos eligiendo activamente cuando solo estamos participando en la reproducción de la misma matriz. Todo parece cambiar constantemente a nivel de superficie para garantizar que nada cambie en lo fundamental. La lucha política se convierte en un ritual vacío donde la oposición verdadera ha sido neutralizada por el propio bucle del sistema».

Aún más dramática, pero singularmente interesante, es la posición del filósofo y sociólogo francés, Jean Braudillad, quien plantea en su obra “Cultura y Simulacro”, la posibilidad de que las disputas electorales o ideológicas son un simple simulacro para hacer creer al ciudadano de que algo está en juego: «El poder mismo no existe; solo existe la simulación del poder. La lucha política se ha convertido en un bucle de eventos que se consumen en la pantalla, donde no hay vencedores ni vencidos reales, solo una inercia donde la victoria de uno o la derrota de otro no alteran el curso de la hiperrealidad».

¿En dónde estamos en esta eterna simulación de la política, en esta butaca destinada a la observación, en la que de pronto dejamos de ver que la historia está destinada a repetirse una y otra vez, sin un sentido claro de las cosas?

Mil gracias, hasta mañana.

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