TÚ PUEDES

Más Leídas

TLAMATINI

Cambios propios de la edad”

Curiosamente, ayer por la mañana leí una noticia que golpea de entrada: “los adolescentes encabezan la lista de quienes optan por quitarse la vida«.

El incremento del suicidio en la juventud es un fenómeno complejo, una maraña multifactorial que alarma a especialistas, educadores y familias enteras. Pretender hallar una sola causa detrás de una decisión tan extrema es un error; responde más bien a la convergencia de profundas transformaciones sociales, psicológicas y culturales que configuran la experiencia de ser joven hoy en día.

La adolescencia es un umbral de tránsito donde la pertenencia y la aceptación del grupo son vitales. Sin embargo, habitamos una época paradójicamente hiperconectada pero fragmentada, huérfana de espacios para el diálogo auténtico, la escucha profunda y los vínculos comunitarios que sostengan el dolor emocional. Recuerdo haberlo visto en un restaurante: el padre y la madre clavados en el celular, mientras el hijo hacía exactamente lo mismo a su lado. La comunicación brilla por su ausencia. Supuestamente sentados ahí para compartir los alimentos y ponerse al día, la realidad es otra: están secuestrados por el uso intensivo de pantallas que deforman la autopercepción. 

Llega a mí el pensamiento de Byung-Chul Han y lo que denomina la sociedad del rendimiento. Para Han, el sujeto contemporáneo ya no está subyugado por un amo externo, sino que se explota a sí mismo voluntariamente bajo la falsa ilusión de la libertad y la autorrealización, dominado por el imperativo del «tú puedes». La inmediatez es la lógica de un sistema que ha abolido la temporalidad contemplativa: todo debe consumirse y resolverse al instante. En los jóvenes, esta exigencia se traduce en una competencia feroz donde el individuo se mide exclusivamente por su éxito cuantificable. Como nadie los explota desde fuera, el fracaso se vive como una culpa estrictamente personal: si no triunfas, eres el único responsable.

Este es uno de los puntos más críticos en la obra de Han: nuestra cultura actual ha erradicado el dolor y la pausa de su horizonte vital, exigiendo que todo sea positivo, funcional y eficiente. Irónicamente, al intentar eliminar el sufrimiento, lo hemos desprovisto de sentido. En las sociedades tradicionales, el dolor formaba parte de un tránsito con un relato compartido. Hoy, al no haber espacios para la elaboración simbólica de la herida —ni comunidades que acojan la vulnerabilidad—, el sufrimiento individual se aísla, se patologiza y se experimenta como una condena asfixiante y permanente, sin salida ni redención posible.

No es de extrañar entonces que los trastornos clínicos —depresión y ansiedad severa— vayan en aumento. Muy a menudo, el dolor psíquico se pasa por alto o se disfraza con la coartada cómoda de los «cambios propios de la edad», abandonando al muchacho sin el auxilio profesional que grita su nombre.

Los jóvenes crecen bajo el yugo de la inmediatez, la competencia salvaje y un porvenir que se vislumbra opaco y amenazante entre crisis económicas, climáticas y sociales. Ese panorama engendra una desesperanza aplastante. La carencia de refugios seguros para expresarse —ni en la casa ni en la escuela, donde el dogma del rendimiento asfixia el bienestar integral— deja a los chicos desarmados frente a sus crisis vitales, duelos o conflictos cotidianos.

Comprender esta tragedia exige sacudirse la tentación de culpar únicamente al individuo y voltear a ver la calidad de los mundos que estamos diseñando para las nuevas generaciones. 

La próxima vez podríamos cuestionarnos si de verdad tenemos interés por el otro o si preferimos entregarnos a lo irrelevante de una pantalla.

Autor

- Publicidad -spot_img
- Publicidad -spot_img

Últimas noticias