RETRATOS HABLADOS
Cuando Poncio Pilato le preguntó a Cristo, “¿y qué es la verdad?”, la escena se interrumpió y nunca pudimos conocer la que tal vez, hubiera sido le respuesta más clara en la historia de la humanidad. Nunca hubiéramos pensado que llegaríamos a estos tiempos sin conocerla, sin dar siquiera con una aproximación, porque los radicalismos políticos, han terminado por imponer múltiples “verdades”, donde nadie tiene la razón hoy todos la tienen.
Hoy vivimos la era de las “verdades absolutas”, sin espacio alguno para la comprensión y el razonamiento, porque quien no acepta la versión del otro, se convierte en su enemigo, y lo contrario desemboca en lo que éste desea: una horda de fanáticos.
En aquel silencio bíblico quedó flotando el misterio de una certeza inaccesible.
A lo largo de los siglos, la filosofía ha contemplado con inquietud la trampa fatal de quienes claman poseer la verdad incontestable. Karl Popper lo advirtió con nitidez al analizar las raíces del totalitarismo: cuando un dogma se proclama absoluto, la posibilidad del diálogo queda anulada.
El pensamiento dogmático no admite matices, exige devoción.
Friedrich Nietzsche, con su singular mirada sobre las flaquezas humanas, señalaba que las convicciones extremas no son más que prisiones del espíritu: refugios para quienes temen la incertidumbre y prefieren la calidez de la ceguera compartida antes que el frío viento del pensamiento crítico.
En este teatro del pensamiento único, el dogma se transforma en una trinchera. Hannah Arendt desentrañó este fenómeno al reflexionar sobre cómo los regímenes fanatizados sustituyen la realidad tangible por ficciones ideológicas impermeables a la evidencia. Para el radicalizado, la verdad deja de ser una búsqueda honesta o un horizonte de entendimiento; se transforma en una marca de pertenencia a la tribu y en una bandera de combate.
El mecanismo de esta espiral es trágico por su sencillez: si mi verdad es sagrada e indiscutible, la postura contraria no es simplemente un desacuerdo intelectual, sino una aberración moral. El adversario deja de ser un interlocutor válido para convertirse en una amenaza que debe ser silenciada o erradicada.
La complacencia sumisa crea al sectario; la discrepancia crea al traidor. La palabra, concebida en los albores de la civilización para tender puentes y edificar la convivencia, se tuerce hasta ser convertida en un arma mortal.
Así las cosas, recuperar el eco de aquella pregunta formulada en Jerusalén no exige encontrar una respuesta definitiva ni imponer un credo único, sino abrazar la humildad del cuestionamiento.
Como sugería Albert Camus en medio de las ruinas del siglo XX, la verdadera grandeza del ser humano reside en la capacidad de dudar, en la negativa obstinada a rendirse ante las doctrinas que prometen la salvación al precio de la libertad del pensamiento.
Solo el uso de la reflexión profunda, puede ser barrera contra el absolutismo, y solo así, podremos rescatar el espacio común de la razón y evitar que la búsqueda de la verdad siga cobrándose como tributo la destrucción del otro.
Mil gracias, hasta el próximo lunes.


