Teatro de simulaciones y carnaval de traiciones

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RETRATOS HABLADOS

Seamos claros: el ejercicio del poder nunca ha sido una escuela de virtuosismo ni un convento de las madres de la caridad; la política ha sido, desde su nacimiento, un teatro de simulaciones, un carnaval de traiciones y, en última instancia, un fantasmagórico lodazal. Quienes se escandalizan ante el cinismo contemporáneo olvidan que la demagogia y la felonía no son distorsiones modernas, sino el sistema operativo ancestral del gobierno de los hombres.

Recordemos que, en la antigua Grecia, mientras Sócrates buscaba la verdad, los sofistas entendieron la regla que definiría a la civilización. Trasímaco, en La República de Platón, soltó la primera gran bomba sin edulcorar: «La justicia no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte». Toda la retórica sobre el bien común no era más que el velo con el que la élite cubría su sed de dominio. 

Siglos después, Nicolás Maquiavelo despojaría a la política de sus vestiduras teológicas en El Príncipe, advirtiendo que «los hombres son tan simples y se sujetan a la necesidad presente, que el que engaña encontrará siempre quien se deje engañar». El estadista, según el florentino, debe combinar la fuerza del león con la astucia de la zorra, pues las virtudes morales son, en el campo de batalla del poder, el camino más rápido hacia la ruina.

Sin embargo, nadie encarnó esta máxima con mayor maestría que los arquitectos del poder moderno: Joseph Fouché y Charles-Maurice de Talleyrand. Fouché, el genio del espionaje y la supervivencia, atravesó la Revolución Francesa, el Terror, el Imperio napoleónico y la Restauración borbónica sin perder la cabeza, cambiando de chaqueta con la precisión de un prestidigitador. Para Fouché, la lealtad era solo una variable táctica dependiente de la coyuntura. 

Talleyrand, el obispo que sirvió a todos los regímenes y traicionó a todos sus amos para «salvar a Francia», sintetizó la esencia de la diplomacia con un cinismo inmortal: «La palabra se le ha dado al hombre para ocultar su pensamiento». Ambos entendieron que el poder no premia la coherencia, sino la capacidad de simulación.

De otro modo resulta complicado entender el actuar de representantes populares en el Congreso de la Unión, que no dudan en pedir una Comisión de 30 monedas de plata y dar la espalda a quien se supone es su Jefe político, para luego clamar en medio de la plaza pública, que lo que escribió, y mal, no lo escribió y está descontextualizado, y dirigir a quien previamente había ofrecido traicionar, sendas loas de arrepentimiento.

Ya en nuestros tiempos, la filosofía y la ciencia política no han hecho más que sistematizar este gran engaño. El pensador francés Guy Debord advirtió en La sociedad del espectáculo que la política moderna se ha transformado en una mera representación escénica, donde la imagen ha reemplazado a la realidad y el ciudadano ha sido reducido a un espectador pasivo. En este gran teatro, el político no gobierna: actúa. 

Por su parte, el sociólogo Zygmunt Bauman, al analizar la «política líquida», expuso cómo las instituciones y los discursos se han vuelto maleables y vacíos, adaptándose al consumo inmediato de las masas.

Así las cosas, la política siempre ha caminado sobre el barro. 

Pretender que de las cloacas del poder brote agua cristalina es una ingenuidad histórica. Detrás de cada bandera, de cada promesa electoral y de cada abrazo demagógico, subyace la misma maquinaria que maniobraba en la corte de Versalles o en el Senado romano. 

Vale la pena precisar, que el verdadero error del ciudadano no es que los políticos mientan, sino seguir acudiendo al carnaval esperando que, esta vez, las máscaras sean rostros reales. Por necesidad, nunca lo serán y a lo más, siempre será una alternativa divertirse con escenas de comedia en un presente tan dramáticamente desalentador.

Mil gracias, hasta mañana.

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