Siempre habrá motivos para recordar

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RETRATOS HABLADOS

De alguna manera, las noches del Grito de Independencia en la Plaza Juárez, tienen un motivo constante para evocar la presencia de mi padre, que llegaba temprano a la ciudad y acudir, junto con su familia, a mirar los fuegos artificiales; celebrar el estilo militar del único gobernador de Hidalgo, de origen civil, que haya saludado al contingente de soldados que le entregaba la bandera que izaría en el balcón, con la mano derecha llevada a su sien, como si fuera general brigadier o algo por el estilo. 

Lo mismo en esos festejos, que cuando lo vio cuando supervisaba las obras para transformar lo que iba a ser el cabaret más grande del país, en un Centro de Extensión Universitaria, y apurado como siempre andaba, dejó atrás a sus acompañantes y al mirarlos les gritó: “¿Qué? ¡Vengo solo cabrones!”, para mirarlos correr despavoridos a fin de alcanzarlo.

A mi padre le divertía, pero también le causaba cierta admiración la forma como gobernaba Guillermo Rossell de la Lama, sin duda el mandatario hidalguense más folclórico que haya tenido la entidad y, ahora que me acuerdo, tal vez el más creyente en que las obras debían ser la mejor carta de presentación para un hombre de poder.

De alguna forma, el clima pachuqueño le recordaba a mi padre, el paisaje del pueblo, con una laguna casi congelada apenas llegaban los últimos meses del año, y un cielo tan limpio, que permitía ver todas las estrellas que uno se pudiera imaginar. Es cierto que se adivinaba la forma de la Vía Láctea, por la que navegamos eternamente.

En ese entonces, hablo de más de 40 años, las calles del centro resultaban tristes, taciturnas, con un aire de pueblo que seguramente era lo que más le atraía, porque adivinaba historias, leyendas, en cada esquina de Guerrero, en Allende, en el Reloj Monumental que nunca ha logrado conservar un rostro definitivo, por esa manía que han tenido los alcaldes en turno para quererle imprimir su muy personal estilo de hacer las cosas, no sin antes condenar lo que otros hicieron.

Después mi padre dejó de venir a Pachuca los días 15 de septiembre, vendió su casa en Ciudad de México y se fue a Puebla. Solo en algunas ocasiones aparecía de repente, con la prisa que siempre traía, para preguntarnos si estábamos bien, si necesitábamos algo. Seguro nunca pensó que terminaría sus días aquí, en la capital del estado de Hidalgo, y que descansaría en un panteón a la salida rumbo a Sahagún.

Alguien, seguro mi hermano Beto, me había comentado que, si se entierra a un familiar en una ciudad determinada, donde a veces se tiene la sensación de que la dejaremos para ir a otra parte, ya nunca la dejaremos. Es cierto, él se quedó y descansa junto a su pequeño hijo. Ahora que lo pienso sé que he acudido al sepelio de mi padre y mi hermano en esta ciudad, y empiezo a comprender que de alguna manera el recabar recuerdos que antes nunca llegaban, me dice que es bueno quedarse donde la vida nos permitió construir un destino, un mar de memorias y un montón de amor.

A veces, cuando llegan las fechas en que se festeja la Independencia de México, uno se da cuenta de lo mucho que definen nuestras vidas, los momentos justos en que caminamos por una vereda en lugar de otra, que parecía igual o casi igual.

Cada noche del Día del Grito, de alguna manera todavía intentamos reunirnos, jugar a la lotería, evocar la memoria del sentimiento, y pensar que sí, que estamos juntos para simplemente sabernos integrantes de una embarcación que partió un día del puerto donde se crean los sueños, y con todo y que el destino decide que algunos deben bajar antes que nosotros, sabemos que hay motivos para recordar, simplemente recordar.

Mil gracias, hasta mañana.

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