TLAMATINI
“No saber nada de nadie”.
El reloj marca las 00:43 horas y la noche es solo un papel manchado de estática. Me pongo los audífonos con cancelación de ruido. Es una paradoja de mierda: invadir los oídos con sonido artificial para rescatar un poco de paz. Bloquear el mugrido de afuera con más mugrido.
Afuera, el negocio de fiestas opera con la bendición de un permiso comprado en lo oscurito. Un sobre bajo la mesa, una firma rápida y el descanso de los demás se va a la basura. Entre semana hay dos o tres eventos; el mundo quiere celebrar a costa del descanso ajeno. Pero no importa, los estudios de impacto vecinal y la decencia se los pasan por un par de billetes.
Llevo días pesados. Y la invasión no se detiene en la madrugada. Está el vecino que despierta a todo el vecindario con Vicente Fernández a volumen de cantina, gritando a lo lejos “hermoso día, mundo” y que sigue siendo el rey. Están los otros, los de siempre: la lavadora retumbando a deshoras, los gritos de una pelea de pareja colándose por las rendijas de la paredes, el perro del vecino que no deja de ladrar, la vecina que no deje de llamar en su celular, el claxon a lo lejos que no deja de sonar. No es solo molestia auditiva; es una violación a lo más sagrado que uno tiene: la cama, el silencio, el derecho legítimo a no saber nada de nadie.
¡Carajo, hasta mi celular no deja de vibrar!
Y al despertar, la misma mierda con otro disfraz. En la oficina, la compañera de atrás llega echando madres, sudando, con prisas, despotricando contra un universo que no le cumplió sus caprichos, encendiendo la computadora para cantar sus frustraciones en el estéreo. En el espacio que debería ser el de la labor y el pensamiento, las bocinas escupen canciones de Peso Pluma. Afuera, en la combi, las cumbias retumban; el boletero trae su propia banda en miniatura.
Hasta cuando uno huye al cerro buscando aire limpio y la complicidad de los árboles, la terquedad humana me persigue montada en bicicletas. Ahí están los chavos, bebiendo y fumando, cargando su propia bocina para arruinar el atardecer. ¿Quién carajos carga un altavoz al lomo de un monte?
Parece que el ruido generalizado es el miedo atávico a quedarse a solas con uno mismo. El hombre moderno —ese que se cree dueño de la creación— necesita aturdirse y aturdir al prójimo porque el silencio pesa como un cadáver. Quizás es porque en el silencio nos puede caer encima la propia miseria, el vacío de los días, la certeza de que estamos gastando la vida en otras actividades que nos mantienen distraídos.
Pero yo no busco anestesia. No quiero sumarme al coro de los aturdidos, ni fincar mi existencia en la simulación de que resisto. Solo quiero cerrar los ojos en mi propia casa y habitar ese descanso que día a día siento me gano a pulso, sin tener que mendigar tregua en un mundo que, parece, no sabe estar callado. Solo busco un poco de silencio.



