POR EL DERECHO A EXISTIR
El fuego llegó sin previo aviso, abrasador y destructivo, rozando las fronteras de Huitititla, y en un abrir y cerrar de ojos, el llamado de auxilio fue suficiente para que una marea de solidaridad se levantara. Es curioso cómo, en esos momentos de desesperación, algo tan básico, tan profundo, se nos recuerda con fuerza: no somos los dueños de la tierra, más bien, ella es quien nos acoge y nos define.
Fue en los cerros de nuestra tierra donde nos conocimos mejor, donde entendimos que somos más que simples vecinos o habitantes de un territorio, que nuestra conexión con la naturaleza va más allá de lo evidente. La tierra no es nuestra enemiga; al contrario, ella nos da identidad, nos da raíces. Y cuando se ve amenazada, como lo fue en esta ocasión por el fuego, nos unimos de manera que el alma de la comunidad se hace aún más palpable.
En pocas horas, el aire se llenó de solidaridad. Cientos de víveres llegaron de distintas partes, mientras los rostros de los habitantes de Huitititla, Santa María Asunción, San Vidal, San Pedro Tlachichilco y Tepaltzingo reflejaban un mismo propósito: proteger lo que es nuestro. Las manos se alzaron, las piernas se hicieron fuertes, y lo que parecía ser un desastre inminente fue detenido por el trabajo conjunto, por el compromiso del uno al otro, por el amor por nuestra tierra.
Fotos y videos dan cuenta de la inmensa labor que se realizó: vecinas y vecinos colaborando en la elaboración de alimentos, en la caminata por las empinadas pendientes, en la organización de brigadas para apagar el fuego. Fueron horas de esfuerzos colectivos, donde la consigna fue simple: no dejar que el fuego arrasara con nuestro patrimonio más preciado: la tierra, los árboles, los matorrales que nos dan vida, aire y sombra.
La solidaridad de los habitantes de las comunidades se mostró con una fuerza imparable. Entre oraciones y esfuerzos, hombro a hombro, todos nos convertimos en una sola fuerza. Con palas, picos, ramas, cubetas y mangueras, luchamos juntos contra la naturaleza desatada. Y, contra todo pronóstico, se logró contener el avance del fuego. No fue solo un triunfo contra las llamas, sino una victoria del alma colectiva, una reafirmación de lo que somos: una comunidad que cuida lo que le pertenece, que se apoya mutuamente en los momentos más críticos.
Los esfuerzos no se limitan solo a lo inmediato. Las brechas se abrieron para evitar que el fuego avanzara aún más, y en cada paso, en cada acción, la comunidad se unió para proteger lo común, lo nuestro, lo que nos da sentido y razón de ser.
Este acto de solidaridad no solo fue físico, sino también emocional. Todos y todas, desde quienes estaban en la primera línea del fuego hasta los que, con menos recursos, ofrecieron su tiempo y apoyo, se unieron bajo un mismo propósito: salvar lo que es nuestro, cuidar lo que nos da vida. Gracias a las y los bomberos, al personal de la CONAFOR, a las instituciones que respondieron rápidamente y a todos aquellos que de alguna manera contribuyeron.
Hoy más que nunca, debemos recordar que somos tierra, somos agua, somos comunidad. La conexión que tenemos con la naturaleza y entre nosotros mismos es lo que realmente nos hace fuertes. Somos lo que cuidamos, lo que protegemos. Y por eso, gracias, infinitas gracias, a cada persona que estuvo allí, a cada corazón dispuesto a ayudar, a cada mano extendida para hacer frente a lo que parecía insuperable.
No olvidemos nunca que, aunque a veces parece que el fuego o la adversidad nos consume, el verdadero poder está en nuestra unión. Porque, al final, pertenecemos a la tierra.