ESPEJOS DE LA REALIDAD
Empecé a escuchar el audiolibro El peligro de estar cuerda de Rosa Montero por una recomendación familiar. «Escúchala, es chistosa y de vez en cuando me recuerda a ti», me dijeron. Ella y yo compartimos la misma manía: arrancarnos los pellejos de los dedos hasta sangrar (dermatofagia, para los que gustan de los términos precisos). Montero analiza aquello que llamamos locura y por qué parece encadenarse a los artistas, especialmente a quienes escriben.
Desde que comencé a escribir mi sección semanal en el periódico, he experimentado una creciente cantidad de altibajos. No sé si es un requisito del oficio o simplemente una coincidencia, pero hay días en los que las palabras fluyen y otros en los que no logro dar con ellas, no las encuentro. En esos momentos de bloqueo, la ansiedad (¿será ese el término? ¿o es angustia?) se filtra en todo: en la escritura, en la rutina, en la forma en que uno habita el mundo.
Ella lo dice mejor que nadie: «¿Quién no ha deseado alguna vez escapar del encierro de la propia vida?», no porque la vida propia no nos guste, sino porque siempre será una mutilación de las otras posibles realidades. Escribir, he descubierto, es también enfrentarse con la propia soledad, con lo que queda de una voz que, a veces, se siente ajena. Y para alguien que encuentra el significado en la otredad, en la comunidad, en la ternura, en el cuidado a través del diálogo con los demás, resulta incómodo verse reducida a un monólogo proyectado en una página en blanco.
Pienso en todo esto mientras reescribo este texto. Borro fragmentos de párrafos, pongo en negritas una frase que me parece importante, ajusto el interlineado, como si todo eso pudiera ordenar el caos que he estado cargando. El gran dilema, después de varias pláticas telefónicas donde no me queda más que agradecer al que me escucha, es que a veces siento tanto y, encima de eso, sobreanalizo cada pensamiento.
Primero llega una emoción, sin que yo la decida. Ahí está, creciendo, expandiéndose dentro de mí. No sé cómo liberarme de ella, ni siquiera sé si quiero. Como si necesitaran quedarse conmigo, como si el sentir fuera lo único que me define. (Parece broma, pero llevo más de dos horas escuchando Huele a Peligro interpretado por Mon Laferte, y mi hermana me mira y pregunta: «¿Y la traumada?», refiriéndose a mí. Pobrecita, no sabe que aún me falta reescribir el texto).
Siento demasiado, pero a veces no lo vivo. No lo dejo ir. Lo retengo, lo repito, lo giro en mi cabeza como si pudiera encontrar algo más en ello. Y entonces me doy cuenta de que estoy construyendo algo que no tiene forma, que ya no es solo una emoción, sino una serie de pensamientos que me apartan de la verdadera sensación. Lo que comienzo a sentir se pierde en lo que creo que debo sentir.
Ya no sé cómo el texto empezó hablando de locura y terminó en una sesión de terapia. Tal vez porque en ambos casos buscamos entender lo que no se puede entender, le ponemos nombre a lo que no tiene forma. La locura y la terapia no son más que intentos por encontrar un sentido a lo que nos desborda. Quizás lo único que debemos hacer es seguir.