“Operación Saturno” hasta la eternidad

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RETRATOS HABLADOS

Pocas veces el ejercicio de la política ha sido tan bien ilustrado, como lo hizo Francisco de Goya, en la pintura, “Saturno devorando a su hijo”. Recordemos que Saturno en la mitología romana era Dios del tiempo, y para evitar que uno de sus retoños lo devorara, igual que él hizo con su padre, debía devorar a sus descendientes al nacer. Algo similar ha pasado con el hoy partido oficial, Morena, que en esos mismos términos acabó con el PRI, guste o no, antecedente directo del morenismo.  Y por supuesto que ese proceso eterno en que a la menor sospecha se pone en marcha la Operación Saturno, ya no contra adversarios, sino contra hijos en línea directa, es vigente, es eterno.

Este canibalismo preventivo no es una anomalía del sistema, sino su engranaje central; una inmolación necesaria para que el tótem del poder no pierda su brillo ante el empuje de las nuevas capas generacionales que, con la misma voracidad, esperan su turno para el festín. 

En la política mexicana, esta «Operación Saturno» se manifiesta como una purga ritual donde el creador, sintiendo el aliento de sus herederos en la nuca, decide que la única forma de preservar su legado es destruyendo a quienes podrían continuarlo. Como bien señala el politólogo y analista, Luis Carlos Ugalde, la política nacional a menudo se rige por una lógica de suma cero donde la lealtad es un bien perecedero y la traición es vista como una herramienta de supervivencia evolutiva. 

Quien detenta la silla presidencial o el control del partido entiende que sus «hijos» —esos cuadros jóvenes que él mismo formó, promocionó y alimentó— son, en potencia, sus verdugos más eficaces. El miedo no es al enemigo externo, cuya estrategia es predecible, sino al reflejo propio en el espejo de la juventud política. 

El poderoso sabe que él mismo ascendió devorando a su padre político —el PRI de la vieja guardia, en el caso de Morena— y esa conciencia de parricida lo vuelve un filicida sistemático. No es odio, es cálculo: para que el presente sea eterno, el futuro debe ser decapitado antes de que aprenda a cuestionar. 

En el ámbito mundial, esta tendencia ha sido analizada por figuras como el también politólogo estadunidense, Steven Levitsky, quien en sus estudios sobre la fragilidad democrática advierte cómo los liderazgos personalistas tienden a desmantelar las estructuras internas de sucesión para evitar que surjan figuras competitivas. El «hijo» político, por el simple hecho de existir y acumular capital propio, se convierte en una amenaza existencial. 

La «Operación Saturno» se activa entonces mediante el exilio dorado, el ostracismo mediático o la asfixia de recursos. El poderoso, poseído por la paranoia de ser enviado al «mundo del olvido y la derrota política», prefiere dejar un páramo a sus espaldas que una descendencia robusta. 

Esta dinámica crea un ciclo de autodestrucción donde los partidos políticos dejan de ser instituciones de largo aliento para convertirse en plataformas de un solo uso, desechables una vez que el patriarca o la matriarca han saciado su hambre de permanencia. El canibalismo preventivo asegura que nadie sea más grande que el líder, pero al hacerlo, garantiza que tras la partida del líder no quede nada más que cenizas y facciones en guerra. 

Es la tragedia de la política: el poder es una deidad hambrienta que se alimenta de su propia sangre para ignorar, aunque sea por un breve instante, que el tiempo —el verdadero Saturno— terminará por devorarlos a todos, sin importar cuántos hijos hayan sacrificado en el altar de su propia inseguridad y soberbia. 

La silla del mando no se comparte, se defiende con los dientes, transformando la arena política en una morgue de herederos que nunca llegaron a ser, porque su progenitor prefirió la soledad del trono al riesgo de una transición que le recordara su propia finitud y la inevitable obsolescencia de su mando. 

En última instancia, la política se reduce a este festín macabro donde el vencedor, manchado de la sangre de los suyos, cena en silencio mientras espera que la oscuridad del olvido lo reclame a él también, cerrando el círculo eterno de la ambición humana.

Mil gracias, hasta el próximo lunes.

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