RETRATOS HABLADOS
No son pocos los políticos, hombres y mujeres, que pierden la oportunidad de oro para lograr la candidatura anhelada por un error infantil, absurdo incluso, que los deja a la vera del camino con los ojos llorosos y la certeza de que un futuro que adelantaban sería deslumbrante y los colocaría en la antesala de la historia, simplemente se desvaneció. Hoy mismo le pido que sigamos de cerca el andar de aspirantes y suspirantes a la nominación morenista para buscar llegar a la primera magistratura estatal, porque algunas, algunos, ya se cayeron o están por irse de bruces. Al mismo tiempo que recordemos casos en que esto sucedió, aquí y en el mundo.
La historia política mundial está colmada de pasajes donde la candidez, la ignorancia supina o la pura torpeza dinamitaron en cuestión de segundos carreras que parecían destinadas a la cima.
En Estados Unidos, el año de 1968 presenciaba el ascenso del gobernador de Míchigan, George Romney, proyectado como el gran favorito republicano para disputar la presidencia. Sin embargo, al regresar de un viaje de observación a la Guerra de Vietnam, cometió la ingenuidad insólita de declarar en una entrevista de televisión que su apoyo inicial al conflicto se debía a que los altos mandos militares y diplomáticos le habían hecho «un lavado de cerebro». La afirmación de que un aspirante a comandar la potencia más grande del mundo era tan maleable e ignorante en materia de política exterior devastó su imagen pública. En cuestión de días las encuestas cayeron en picada y su nominación fue desmantelada por su propia impericia.
Años después, en 1987, el senador Gary Hart encabezaba con holgura todas las encuestas del Partido Demócrata hacia la Casa Blanca. Cansado de los rumores sobre sus infidelidades, Hart pecó de un exceso de soberbia y desafió públicamente a los periodistas diciéndoles: «Síganme… se van a aburrir». Los reporteros del Miami Herald tomaron el reto al pie de la letra. En menos de una semana documentaron su relación extramarital con la modelo Donna Rice y publicaron fotos memorables a bordo de un yate. La arrogancia torpe de invitar a la prensa a vigilar sus desaciertos destruyó de golpe su aspiración presidencial.
En la política mexicana, la ingenuidad sobre el funcionamiento del poder también ha cobrado facturas muy caras.
Durante la época del presidencialismo hegemónico del PRI, no pocos aspirantes cayeron en la ignorancia de dar por sentada su victoria tras recibir el «abrazo» o la palmadita en la espalda del mandatario en turno. Confundían la cortesía institucional o la diplomacia política con la línea oficial del «destape», aflojando el paso o declarándose ganadores antes de tiempo, solo para descubrir —cuando el verdadero candidato era anunciado— que habían sido víctimas de una maniobra de distracción y que su ingenuidad los había dejado fuera del tablero.
Estos episodios demuestran que la contienda política no perdona la estulticia ni el descuido. Quien festeja la candidatura antes de tener la constancia en la mano suele cometer las equivocaciones más costosas. Por ello, a quienes hoy celebran por anticipado en la interna oficialista, valdría la pena recordarles que ningún triunfo es definitivo hasta que se concreta.
La sabiduría popular no se equivoca al advertir que «del plato a la boca se cae la sopa», una máxima que mantendrá su vigencia mientras la ingenuidad y la arrogancia sigan destruyendo las más ambiciosas carreras políticas.
Mil gracias, hasta mañana.


