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jueves, febrero 19, 2026

Ñoño

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Memento

“Perdón si me pongo ñoño, todo esto es tan extraño como hojas en otoño, vuelvo a caer. Sin ti me siento vacío, ni en el Guadalquivir río caminando en el gentío y no sé a dónde”
Ñoño – Bejo

Existe la posibilidad de que ñoño provenga del latín vulgar nonnus, que significa “anciano”. Es un vocablo considerado un hipocorístico, es decir, una forma del lenguaje usada por los niños (como papá, mamá o nana). A partir de esta raíz, la palabra evolucionó y adquirió distintos matices en español. Originalmente, designaba a una persona de edad avanzada o a un cuidador de niños. Con el tiempo, su significado se amplió para describir a alguien mimado y consentido.

En España se usa para hablar de algo o alguien con delicadeza exagerada, ridícula o melindrosa; sin gracia o insulso. En México, en cambio, ha adoptado matices propios: puede referirse a una persona adulta con ademanes infantiles, a alguien muy estudioso con poca vida social (el equivalente al “nerd”), o a un aficionado a los cómics y otros elementos de la cultura popular.

Hoy, ñoño es una palabra que se usa para señalar a quien no encaja en un entorno rudo o tosco: a quien estudia mucho, siente demasiado o simplemente no finge. Ser ñoño es ser culpable de tener límites en un país donde la ironía se celebra más que la honestidad. En México, el ñoño es quien no bebe lo suficiente, quien pide perdón, quien todavía cree en el “por favor” y el “gracias”. Esa persona que prefiere respetar las reglas y procura que se respeten. En otras palabras, el raro que no juega el juego.

Sin embargo, ñoño se ha vuelto una especie de contra-insulto, algo que nos rebota. Llamamos ñoño a quien nos recuerda lo que perdimos: la capacidad de admirar, de emocionarnos sin miedo a parecer débiles, de respetar las reglas sin cinismo. La ternura es peligrosa porque desarma. Por eso el ñoño incomoda: no porque sea torpe, sino porque sigue siendo él mismo.

Ser ñoño es, para muchos, un defecto. Es el insulto preferido para quien no sabe fingir maldad ni disimular ternura. La cultura popular fijó esa caricatura: el ñoño del salón era el de los lentes gruesos, el que levantaba la mano, el que no mentía bien. No porque fuera mejor, sino porque era transparente. Y eso, en una sociedad que confunde crueldad con inteligencia, se paga caro.

Lo curioso es que lo ñoño no ofende por lo que hace, sino por lo que no hace: no humilla, no compite, no presume. Decimos “no seas ñoño” cuando alguien quiere ser amable. Pero lo ñoño no es torpeza, es transparencia: el gesto de quien todavía se emociona con lo simple, de quien pide permiso, de quien cree que estudiar sirve, que amar no es ridículo, que el humor no necesita herir para ser gracioso. Y claro, eso no vende, no viraliza, no impresiona. Por eso se burla: porque lo que no se entiende, se minimiza.

Quizá por eso la palabra tiene algo de resistencia pasiva. En su aparente ingenuidad, el ñoño guarda una ética que el mundo agotado ya no reconoce: la de no necesitar un personaje para ser alguien. El ñoño no compite por likes ni colecciona heridas para presumirlas como trofeos. Y aunque lo miren con condescendencia, al final del día, sigue siendo el único que duerme tranquilo.

La conseja de hoy:

Ser ñoño no es un defecto. Es un lujo que el siglo XXI ya no se puede permitir. En tiempos donde todo el mundo se ríe de todo, hay que tener mucho valor para ser, todavía, un poco ñoño.  Y como diría aquel compañero de escuela: “¡Vas a ver, te voy a acusar con mi papá!”, porque —afortunadamente— él tenía una figura paterna que muchos todavía buscan.

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