RETRATOS HABLADOS
- El periodismo narrativo es un acto de resistencia contra la amnesia. Cada profesional ha aportado una pieza: la audacia de Capote, la elegancia de Talese, la lírica de Gabo, la honestidad de Leñero, la agudeza de Villoro, la valentía de Anderson y la sofisticación de Villanueva Chang.
Contar lo que se ve en las calles, en las carreteras que conducen a diminutos pueblos de la Huasteca, el Altiplano, la Sierra, por muchas razones es el oficio fundamental del periodismo, porque se nutre de lo que dicen los habitantes de esos lugares, y llega a buen puerto porque el reportero logra respirar los olores del campo, de los ríos y también de la absoluta tristeza. Lo que digo se cuenta nada tiene que ver con cuentos, porque, aunque el ejercicio narrativo por momentos se parece, hay una gran diferencia: lo que se cuenta en el trabajo periodístico es real, debe ser real.
Es decir que quien lo hace tiene dos obligaciones fundamentales: saber escribir, y saber usar cada uno de sus sentidos para convertir en una pieza de narrativa de no ficción, la visita a una iglesia cuando es celebrado el Domingo de Resurrección, la imagen de un Cristo encarcelado, de un indígena que pone toda su esperanza en el agua que lleva en ollas de barro para ser bendecidas y así, curar los males del alma y el cuerpo en el transcurso de un año.
Pero también, contar con documentos, con infinidad de cifras la cruda realidad que no pocas veces se atraviesa en el camino, y dado que las declaraciones no logran explicar claramente el origen de las desgracias, generalmente los números sí lo hace, en una combinación única del dibujo hecho con palabras del hecho, anclado con la fría, pero reveladora verdad de los documentos.
Esta tradición, que eleva el dato a la categoría de arte, ha encontrado en América un territorio fértil para narrar lo inenarrable. La herencia de Truman Capote y Gay Talese cruzó el Atlántico para fusionarse con nuestra propia idiosincrasia. Capote, en A sangre fría, demostró que el cronista debe ser un buscador de simetrías en el caos, logrando que la realidad se lea con la tensión de un thriller; él sostenía que «el periodismo es una forma de arte cuando se aplica con la misma seriedad que la poesía». Por su parte, Gay Talese enseñó que el silencio es un lenguaje; en Frank Sinatra está resfriado, inmortalizó que «Sinatra con un resfriado es como Picasso sin pintura, Ferrari sin gasolina, solo que peor», revelando que la vulnerabilidad humaniza al mito.
Esa precisión quirúrgica fue la semilla que germinó en Gabriel García Márquez, quien defendía que el periodismo es «el mejor oficio del mundo» porque permite contar la realidad sin que esta pierda su magia. Gabo nos recordó en su Relato de un náufrago que la verdad no es solo lo ocurrido, sino cómo se habita el miedo.
Él decía: «en la crónica no se permite inventar, pero se permite imaginar para llegar a la verdad». A este lado, Vicente Leñero aportó una rigurosidad estructural infranqueable; en obras como Asesinato, convirtió la investigación en una arquitectura de la palabra, entendiendo que el periodista es un testigo que no puede apartar la mirada ni ante el horror ni ante la burocracia.
Juan Villoro ha elevado la crónica a un ejercicio de inteligencia pura, donde lo cotidiano se vuelve épico. Para Villoro, «la crónica es el ornitorrinco de la prosa», un género híbrido que se alimenta de todo para explicar la identidad de un pueblo. En esa misma línea de inmersión profunda, Jon Lee Anderson ha caminado por los bordes del abismo. Su trabajo en los perfiles de dictadores y revolucionarios muestra que el valor del periodismo radica en «estar ahí», en habitar el espacio del «otro» para traer una verdad que vibra con la autenticidad del riesgo.
Julio Villanueva Chang, el gran curador de la mirada latinoamericana y motor de Etiqueta Negra, nos enseñó a detenernos en lo minúsculo. Chang impuso una disciplina del detalle donde «una historia bien contada es un acto de justicia ante el olvido».
El valor de estos maestros radica en haber comprendido que la realidad es demasiado compleja para ser despachada en la inmediatez. Ellos han devuelto al lector el placer de la lectura lenta, la posibilidad de sentir el pulso de una ciudad que nunca duerme.
El periodismo narrativo es un acto de resistencia contra la amnesia. Cada uno de ellos ha aportado una pieza: la audacia de Capote, la elegancia de Talese, la lírica de Gabo, la honestidad de Leñero, la agudeza de Villoro, la valentía de Anderson y la sofisticación de Villanueva Chang. Juntos, han convertido la página en un lienzo donde la verdad no solo se informa, sino que se respira y perdura, recordándonos que cada historia contiene el universo entero si se sabe contar con devoción.




